EE.UU., apuros mesorientales

EE.UU., apuros mesorientalesBien sea por exceso o por defecto, la política exterior de la nueva administración norteamericana tiene sus baches y escollos.

Está probado que ciertos compromisos claves hechos por el presidente Barack Obama en sus tiempos de candidato no eran tan fáciles de cumplir desde la Oficina Oval. Es que una cosa es nadar desde la orilla y otra en medio del mar proceloso, con más razón cuando se trata de aguas tan bruscas, traicioneras y díscolas como el devenir político estadounidense.

En otro sentido están los intereses ajenos, es decir, los de aquellos grupos de poder, naciones y gobiernos sobre quienes inciden las decisiones de Washington. Unos podrán rechazarlas de plano, otros acatarlas con gusto, los terceros a regañadientes, y algunos, como el consentido Israel, aplicar la dilación.

Por la última variante andan las cosas en el tema mesoriental.

Resulta evidente que los Estados Unidos pretende dar “su solución” al controvertido asunto palestino. Se trata de establecer un estado árabe encabezado por grupos moderados, que a la vez de frenar a los titulados “extremistas”, sean capaces de asumir y digerir la existencia y preponderancia de Tel Aviv.

Para ello es necesario frenar y hasta borrar algunos de los más descarados y descarnados excesos sionistas en la zona, de manera que para la opinión pública el ahijado predilecto de la Casa Blanca asuma una cara más bonachona y bondadosa ante el resto de la comunidad internacional.

De manera que el cuadro quedaría con la presencia en el Medio Oriente de un territorio palestino mediatizado y con dóciles máximas autoridades, y el estado sionista que, mediante alguna concesión, asegure su presencia menos escabrosa como el gran aliado occidental en un área por lo general controvertida y difícil.

De ahí las presiones a Tel Aviv del segundo de la Casa Blanca, Joe Biden, en reciente conferencia del Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel, uno de los grupos que apoya al sionismo dentro de la Unión.

Para Biden es imprescindible que los palestinos “detengan la violencia” e Israel “trabaje por una solución que comprenda dos estados.”    Tales comentarios tuvieron lugar antes de la reunión de Barack Obama con el nuevo primer ministro judío, Benjamín Netanyahu, de conocidas posiciones ultraderechistas.

Como es sabido, Netanyahu se resiste a apoyar públicamente la creación de una entidad palestina independiente, lo cual se ha convertido en serio obstáculo para las nuevas aspiraciones de la Casa Blanca en el Medio Oriente.

En discurso en el propio Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel, el jefe del gobierno sionista declaró estar listo para dialogar con sus pares árabes, pero omitió intencionalmente toda referencia a los proyectos que impulsa Washington y que, al decir de Obama, constituyen un compromiso oficial en la búsqueda definitiva de la solución al añejo conflicto.

De todas formas, más allá de que Washington logre doblegar a Tel Aviv   y materializar sus objetivos, los analistas concuerdan en que ni los palestinos promotores de la real independencia ni los grupos conservadores sionistas que desean el imperio absoluto, seguramente se harán garantes de una criatura la cual, desde su concepción, resulta totalmente imperfecta.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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