El arte de la otredad

El arte de la otredad

Tras la oscura máscara creada por el maquillaje respira un hombre. Un hombre tan oscuro como las pinturas que varias veces en la semana estampa en su rostro. Las manos se esconden dentro de gruesos guantes y las uñas, una vez vistas, no reflejan la tarea casi diaria de la metamorfosis.

Osmel Portilla Castro adopta otra vida en las mañanas. Deja de ser el actor de 47 años que emigró de su natural Placetas a la Cienfuegos y se trasmuta, se transforma en el músico errante, de ropas ocres y raídas, de mutismo perenne. El efecto “Cenicienta” termina justo al mediodía, cuando al fin rompe con su inmovilidad de estatua y se marcha. Unas veces la quietud de sus extremidades y los escasos gestos le deparan ganancias superiores a los 30 pesos cubanos, otras no.

La imagen que hoy proyecta en la entrada de la farmacia del boulevard cienfueguero ha sufrido cambios desde que comenzó en 2016,y en su dinamismo ha interpretado varios personajes: “Al principio hacía de un corredor que no era muy estático. Era una especie de performance donde corría en cámara lenta. Después me decanté por un pescador que tocaba saxofón hasta que lo definí como un músico callejero”.

La vida de un artista se distancia bastante de la concepción errada y esnobista que solemos tener. Osmel comenzó siendo instructor de teatro en casas de cultura, en esos tiempos Teatro de los Elementos lanza una convocatoria y él aprueba el casting. Aún la Comunidad Culturaldel Jovero no estaba construida. Más tarde comienza a actuar en el Proyecto teatral-comunitario Baúl del Trasgo, ubicado a partir de su fundación en 1996 en la Ciudad Nuclear (CEN).

En su búsqueda de mejores opciones profesionales se marcha a la capital. “Me fui porque uno siempre quiere crecer. Lo intenté en La Habana y no resultó. Trabajé con Teatro Cimarrón en su sede del Cerro y me golpearon muchas cosas, entre ellas la situación de la vivienda. Los ensayos eran diarios y la economía no daba”.

En 2001, en La Habana dividió su tiempo entre lo que le gustaba hacer y lo que había que hacer. Actuó, y en las pocas horas libres cargó paquetes y ayudó en actividades a algunos amigos que, a la par del teatro, llevaban una carrera como payasos. El regreso se hizo inminente, necesario.

El “Baúl del Trasgo” lo acogió de nuevo, justo antes de saltar al profesionalismo. En la CEN vivió en la base de campismo hasta que el proyecto, hoy Teatro de la Fortaleza, tuvo su propio espacio.

Es usual que las principales arterias comerciales de Cienfuegos padezcan una renovación ante la llegada del turismo de crucero. Incluso la presencia silenciosa de Osmel puede albergar esos motivos, sin embargo, él aduce que “No me interesan los extranjeros, ellos vienen y te retratan, porque en sus países lo que yo hago no es novedoso y ha evolucionado. Lo que me motiva es transmitir esa energía, mantener vivo el teatro, además mi mejor público son los niños, no los turistas”.

Fingir ser una estatua es también una de sus maneras de estudiar la sociedad, de imbricarse en ella, de pactar un entendimiento entre el arte de ser otro y ser uno mismo.

Tomado de: 5 de Septiembre

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El autor

Yadiris Luis Fuentes

Licenciada en Periodismo. Periodista de la la Editora 5 de Septiembre, en Cienfuegos

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