El genio maldito de Edgar Allan Poe

El genio maldito de Edgar Allan PoeAgonizante, golpeado y abandonado en un callejón contiguo a la sórdida taberna Ryan’s Saloon, en Baltimore (Estados Unidos), Edgar Allan Poe fue encontrado el tres de octubre de 1849 sin documentos ni dinero, con un raído e inmenso traje negro, patético sombrero de paja y zapatos ajados y ajenos.

Se dice que algún activista político sin escrúpulos lo encontró en un bar y bajo efectos de la bebida o drogas logró forzarlo a votar. Luego, tras propinarle soberana paliza, le dejó tirado en la calle delirante y en medio de pesadillas tan horrendas como las que había plasmado en sus cuentos.

Cuatro días más tarde, el siete de octubre, a sus 40 años dejaba de existir en el Washington College Hospital el precursor de la novela policial, los relatos de terror y de ciencia ficción. Murió completamente solo y pasaron días para que alguien se dignase a reconocer el cadáver y ofrecerle cristiana sepultura.

Exceso de alcohol, congestión cerebral, drogas, fallo cardíaco, tuberculosis y suicidio, figuraron entre las posibles razones del deceso de Poe, hasta que en 1996 el doctor Robert Michael Benítez, del Centro Médico de la Universidad de Maryland, apoyado en anotaciones del personal médico que asistió al escritor en sus horas finales, dictaminó la verdadera causa: hidrofobia.

Sencillamente rabia. Tal vez provocada por una mordedura accidental de su gata Catalina u otro animal, quizás agravada por la angustia y neurosis de una vida lastrada por muertes prematuras, abandonos, miedos y soledades, y también exacerbada por el egoísmo y crueldad de una sociedad que tempranamente echó a un lado los ideales de sus padres fundadores.

“Edgar Allan Poe está muerto. Este anuncio sorprenderá a muchos, pero pocos sentirán dolor”, sentenció un diario de la época, pero hoy, a 161 años de su partida, impacta la inmensa huella dejada por sus oscuras, macabras y góticas historias.

El corazón delator, La caída de la casa Usher, Ligeia, La máscara de la muerte roja o Los crímenes de la calle Morgue, entre otros relatos, bastan para concederle la inmortalidad, como a su poesía atormentada y melancólica y hasta por sus predicciones cosmogónicas contenidas en el poema en prosa Eureka, confirmadas científicamente décadas más tarde por genialidades como Edwin Hubble, Albert Einstein y Stephen Hawking.

Como a Stendhal, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, Cézanne y otros artistas, la veleidosa fortuna condenó a Poe a la fama y reconocimiento póstumos, aunque recompensó con vigencia a su lúgubre estética de cuervos, murciélagos, calaveras, criptas, cadenas y muertos vivientes. actuales símbolos del heavy metal.

Desde su nacimiento, el 19 de enero de 1809, la existencia de Edgar Allan Poe fue algo así como un “Descenso al Maelstrón” o enfrentarse a “El Pozo y el Péndulo”, para contemplar horrores y la atrocidad de vivir entre el temor a la muerte, la soledad y la locura.

Aseguran que fueron sus últimas palabras: “Que Dios se apiade de mi alma”, plegaria que se antoja similar a la letanía desesperanzadora de “El Cuervo” con su “Nunca más”.

Como es tradición en cada aniversario, un hombre ataviado con traje negro y sombrero de fieltro irrumpirá en la necrópolis de Baltimore, con un vaso de coñac y tres rosas rojas que depositará sobre la loza, donde yacen los restos de uno de los escritores norteamericanos más admirados y a la vez desafortunado y maldito.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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