El maestro Manuel Ascunce Domench

El maestro Manuel Ascunce DomenchLas flores verdosas algo blanquecinas del galán se abren al anochecer, exhalando un perfume penetrante y venenoso que a poco satura la atmósfera del dormitorio. Los perros empiezan a ladrar. Es domingo.

Luego, como los jazmines de ese arbolito copado con bayas como perlas embalsaman el aire con un aroma muy fuerte para respirar en el aposento, la mujer de la casa ha encendido el farol y ahora atranca muy bien la ventana; aunque puede ser lo mismo un poco porque es domingo, y porque afuera esos perros no paran de ladrar.

En tanto, un joven -que no es hijo suyo- hilvana unas líneas a su “querida vieja”, quien habría de celebrar una sensibilidad poco común a los 16 años en las palabras siguientes: “Estoy ya bien, ayudando al campesino a chapear y en la recogida de café”, escribe con trazos pequeños y duros. A su lado, unos niños recitan por la cartilla Venceremos que Ho-mo-bo-no-va-a-La-Ha-ba-na. “Me cayó guao, pero ya se me está pasando.”

La casa es antigua, en forma de T cobijada a varias aguas, con ese discreto olor de puchas marchitas en los cuadros de santos y los retratos de los muertos; afuera rodeada de cafetales, árboles altos y matas de frutas, en general, una vegetación abigarrada y oscura. Hay enfrente un jardincito, ese donde esta noche se engalana el galán y ladran los perros, se entona otras un intenso sinsonte desvelado, y donde cada mañana la mujer sorprende al caballo de su marido comiéndose las margaritas.

En el patio de atrás hay un rancho de vara en tierra y un molino de viento roto, el escusado; y como a doscientos metros más allá, pegado a la cerca de alambre de púas, envejece un enorme bienvestido -con la cruz de tusas que un día guindó la mujer para conjurar el mal-, cuyas ramas se arcan en febrero, cargadas de flores y mierda de gallina.  (El muchacho que redacta la carta se llama Manuel y le dicen Manolo, estudiante y alfabetizador. Esta noche, domingo 26 de noviembre de 1961, él y su alumno, el campesino, con tirria serán torturados, y ahorcados con un alambre de púas. Cuando los hallen, costará trabajo bajarlos. “La sangre de los buenos no se derrama en vano”, habrá dicho el Apóstol; y con el decurso algún testimoniante trocará luego el bienvestido en framboyán.)

La acción se verifica en Limones Cantero, finca Palmarito del barrio rural de Río Ay, a unos 30 kilómetros de Trinidad, Las Villas. En cuanto los perros empiezan a ladrar, el campesino, un trinquete de cabellos castaño-rojizos y barba hirsuta, maquinalmente monta su R-2, y hace a su omnipresente mujer una seña para que vaya a bajar el farol recién encendido, donde repasan la cartilla los niños y Manolo escribe la carta. Se asoma a la puerta de la cocina con el arma enfilada. Hay ya tres hombres en el patio. Visten ropas de milicianos.

-Baja el arma, Pedro, somos nosotros -ordena uno-. Sal un momento, que quiero hablar contigo.

Al entrever las ropas de color de verde olivo, el campesino hoy obedece confiado, mas enseguida uno se le abalanza encima, lo inmoviliza con una llave y le quita el fusil checo. “Ahora vas a venir con nosotros -se burla- para que nos sirvas de práctico.”

En una fracción de segundo los otros dos se cuelan en la casa y la registran de punta a cabo, profiriendo palabrotas y dejando a su paso una matemática estela de estropicios: rompen un retrato de Martí y otro de Camilo, revuelcan las cosas, flores, locero, tinaja, farol… lápiz, cartilla, manual, y sacan a la brava a Manuel, a la mujer y a los niños. Se les ha unido ya el resto de la banda, alrededor de 15 alzados. Portan armas cortas.

El que parece ser el jefe se fija en Manolo, porque no tiene la pinta ni el aire de los guajiros, se ha puesto muy serio, no por el susto, sino de roña, y los está fulminando con la mirada. Pregunta quién es.

-Es el grande mío -miente la mujer abracando a Manuel, quien a su vez la interrumpe.

-¿A quién buscan, al maestro? -dice-. Yo soy el maestro.

-¡Ah, con que tú eres el maestrico comunista! -sonríe el bandido; se le acerca despacio y sonríe de nuevo, buscando en torno la complicidad de la tropa, y midiendo con sorna el tamaño de sus agallas- Ven también…

(Todos ríen.)

-¡No, por Dios! -suplica la mujer- ¡Llévense el rifle pero no se los lleven a ellos! -apenas si atina a agregar, ahogada en llanto, mientras los van arrastrando a la noche, por la vuelta del bienvestido, en lo que siguen ladrando los perros.

-¡Viva el Movimiento de Recuperación Democráticaaa…!

Mientras, ella clama tanto, que la voz se le corta de tanto clamar. Es en vano, por supuesto. Con los niños prendidos de la bata de casa, la mujer queda aquí, en el traspatio, adivinando patéticos, ineluctables hados en el círculo absoluto del galán y su nocturnidad. Nueva, gélida, afilada, de lo alto pende la luna, como una hoz de hielo. Está todo el cielo estrellado.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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