Henry Reeve: ser “de allí de donde se muere”

Henry Reeve: ser “de allí de donde se muere”

El 4 de abril de 1850 nacía en Estados Unidos un hombre que llegaría a la leyenda en nuestros  campos insurrectos. Tenía sólo 19 años cuando llegó a cuba a bordo del vapor Perrit al mando del general Thomas Jordan y ese mismo día entró en combate el neoyorquino.

Cuentan que al enrolarse como voluntario le habían preguntado: “ Usted de dónde es?” Y había respondido resuelto: “de allí de donde se muere”. Era su propia una profecía.

De las hazañas de Henry  Reeve, entre los cubanos apodado “El Inglesito”,  está llena la historia de la Guerra grande(1868- 1878): haber salido ileso luego de 4 impactos en un pelotón de fusilamiento;  combatir subordinado al mayor general Ignacio Agramonte en el Camagüey; participar en el célebre rescate del general de Brigada Julio Sanguily;  pelar a las órdenes de Gómez, compartiendo  como los cubanos los rigores de la manigua.

Narran que desafiando un cañón español, quedó destrozada el cabeza del fémur e inutilizada una de sus piernas, y que hizo crear un dispositivo de hierro y cuero para mantenerse fijado a su cabalgadura.

Fue toda la leyenda: en 400 acciones se le atribuye participación, fue herido en 10 en el lapso de apenas 7 años y 3 meses en que sirvió a la independencia de Cuba.  Y en nuestros campos, el norteamericano ganó los grados de Brigadier General.

Llegó a tierras cienfuegueras  en la vanguardia de la invasión y libró su último y desigual combate en la llanura de Yaguaramas.

Rodeado de tropas españolas, logró mantener la resistencia en esa planicie. Con dos heridas, cayó atado a su caballo muerto, y sin poder incorporarse, resistió dando combate. Antes de caer en manos enemigas, reservó el joven la última bala para su sien. Tenía 26 años cuando unió para siempre su nombre a Cienfuegos a Cuba.

Tal como lo registra la historiografía local, el 4 de agosto de 1876 su cadáver fue expuesto en el entonces Hospital Militar de la Villa. Los archivos de la Santísima Catedral, atesoran en su libro de defunciones, el registro de su sepultura sin más ceremonia  en el cementerio  municipal de Reina.

Son varias las hipótesis sobre su posible enterramiento. Para algunos investigadores,  su cadáver corrió la misma suerte de otros mambises, en una fosa común, extramuros; para otros por temor a que su cadáver fuera reclamado por autoridades norteamericanas, los españoles  le dieron sepultura anónima en alguno de los nichos del camposanto.

Aún es un enigma para la ciencia y la historiografía cubanas, el sitio exacto de su enterramiento. Tal vez en un futuro,  el hallazgo del artefacto que sostenía su pierna,  nos permita venerar la tumba de este  joven norteamericano que merece  el  agradecimiento eterno de los cubanos.

Sus compañeros de armas sí se lo harían saber  a su madre en Brooklyn, Nueva York: “Pensad  pues en lo que  sufre la Patria, esa otra madre que ha pedido el hijo querido  y benemérito, en momentos en que eran más necesarios sus servicios.”

Henry Reeve, había nacido en Estados Unidos, pero al morir se consumaba su profecía: ser “de allí de donde se muere”.

 

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El autor

Ismary Barcia Leiva

Licenciada en Periodismo. Especialista en Dirección de Programas Informativos de la Televisión. Periodista en el Telecentro Perlavisión, en Cienfuegos.

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