“La única vez que le gané a Fidel”

“La única vez que le gané a Fidel”

El andar ligero y el porte erguido disimulan muy bien los 90 años vividos por Gilberto Rodríguez Pérez. La memoria prodigiosa le permite recordar con fiel exactitud pasajes de su vida nonagenaria. Lo mismo te cuenta las correrías infantiles por los campos de Birán, en la provincia de Holguín, que el número completo del billete de lotería que vendió con más suerte.

¿Birán?

“Allí mismo viví por diez años. Aunque nací muy cerca del poblado villaclareño de Manacas, con 8 años de edad mi familia se mudó para una finquita, muy cerca de las tierras de Ángel Castro, el padre de Fidel. Resulta que el novio de mi hermana mayor, un camionero oriundo de aquella zona, embulló al viejo a vender su propiedad y comprar allá una pequeña parcela”.

A ciencia cierta, el guajirito manaquense nunca supo el origen de su tartamudez. Los especialistas consultados diferían de la causa: unos lo achacaron a factores orgánicos, otros apuntaban a componentes psicológicos; sin embargo, jamás le preocuparon mucho los dictámenes de los facultativos y hasta se acostumbró a que desde pequeño le llamaran Gilberto el Gago.

Con ese alias lo conocen en el terruño del prestigioso locutor y conductor de programas televisivos, José Antonio Cepero Brito. En Manacas es todo un personaje, pero para cualquier coterráneo suyo, la mayor popularidad la alcanzó cuando empujaba una carretilla por las calles del pueblo mientras proponía dulcísimas naranjas peladas, listas para chupar.

De la familia Castro Ruz atesora muchos recuerdos. Sobre todo los encuentros con Fidel y Raúl, los varones más pequeños del matrimonio de Lina y Ángel.

“Le voy a decir la verdad, yo tengo muy buena memoria, a pesar de que fui analfabeto. Aquella era una familia muy querida por todos los trabajadores de la finca y los vecinos de la zona. Lina, aunque recta,  era una mujer muy bondadosa y cariñosa con sus hijos, pero también con toda aquella muchachada de los alrededores. A Fidel lo recuerdo desde pequeño; era muy espigado y sobresalía por su inteligencia”.

Entonces, los ojos se le achican y aprieta el ala del sombrero de paño, como queriendo atrapar la mejor anécdota de su niñez.

“A Fidel no le gustaba perder ni a los boliches. Él mismo formaba los pitenes de pelota, de manigua, tú sabes, pero siempre se las arreglaba para dar el mayor batazo, hacer la mejor jugada  o coger la bola más allá del lindero de los cedros.

“En una ocasión, ya pichoncitos los dos, Ángel nos llamó y, mientras apuntaba con sus largos dedos una elevación que sobresalía a lo lejos en el horizonte, le dijo: ‘Fidel, ¿por qué no me cuentas algo de aquella loma?’. El hijo se viró para mí y le contestó: ‘mejor que te lo diga el Gago’.

“Esta es la mía, pe  nsé. En eso me vino una inspiración repentina y sin titubear  le improvisé: en las laderas de esa loma/ crece el bejuco ubí/ y si quieren que cante/ déjamelo solo a mí/. Yo digo que fue la única vez que le gané a Fidel”.

Después de una pausa, una picaresca sonrisa asoma, mientras el brillo de los ojos descubren  el orgullo de la buena ventura que le jugó la incipiente veta de poeta: “Na’, que me le adelanté, y cuando le solté la cuarteta, se me quedó mirando, un poco sorprendido, pero luego me tiró el brazo por los hombros y seguimos juntos rumbo al naranjal”.

La partida de los varones de los Castro, para estudiar en Santiago de Cuba, entristeció a Gilberto. Un buen tiempo tuvo que esperar para volverlos a ver. Eso sí, cuando viraban de vacaciones o los días festivos, Fidel se reunía con él y con los otros muchachos del lugar a cazar pájaros, armados todos con los rústicos tirapiedras, fabricadas por ellos mismos con horquetas de guayabo y ligas de bandas de goma.

“Todos ellos cuando llegaban, disfrutaban mucho sus andanzas por las arboledas y los naranjales de Birán. En especial a Fidel le gustaba montarse en su caballito y correr por los  potreros, sujeto a la crin de la bestia. Sin embargo, siempre tenía tiempo para visitar los barracones y juntarse con los haitianos.

“A los diez años de estar allí, mi papá vendió y compró otra finquita en Mayarí Arriba. Como era muy lejos, nunca más volví a encontrarme con ninguno de los hijos de Ángel y Lina. Ya en mi pueblo natal de nuevo, supe de Fidel y Raúl por las noticias que escuchábamos, a escondidas, por la emisora Radio Rebelde mientras combatían a Batista en la Sierra”.

Como el resto del pueblo de Cuba, la muerte de Fidel estremeció a Gilberto. El recuerdo le hace tartamudear por primera vez en el diálogo. “Pa… para mí fue muy impactante. Co… como nos criamos juntos, de muchachos siempre sentí por él un afecto muy especial. Lo admiré mucho por lo que hizo por nosotros los pobres. Ese día que pasó la caravana con sus cenizas por el pueblo, fui de los primeros en llegar a la Carretera Central para darle el último adiós”.

Así describe la periodista y escritora Katiuska Blanco, en su libro Todo el tiempo de los cedros, el nacimiento del líder histórico de la Revolución cubana:

“(…) a las dos en punto de la madrugada del 13 de agosto de 1926, nació Fidel Alejandro Castro Ruz, un niño vigoroso de 12 libras de peso, que ensanchó sus pulmones a la primera bocanada del aire de los pinares (…)”.

Quiso la coincidencia que ese mismo día, pero dos horas más tarde, y a muchos kilómetros de distancia de Birán, en las sabanas de Manacas, naciera Gilberto Rodríguez Pérez, una criatura de apenas siete libras de peso. El primer llanto del niño, tras la nalgadita de la comadrona, rompió el silencio madruguero, al tiempo de aliviar los crispados nervios del padre y del resto de la prole.

El autor

Armando Saez Chávez

Licenciado en Educación. Máster en Ciencias. Periodista de la Editora 5 de Septiembre.

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