Las ordenanzas municipales: ¿letra muerta?

Las ordenanzas municipales: ¿letra muerta?

¿Se ha preguntado usted por qué nuestra ciudad se nos muestra coherente, armónica y equilibrada en su fisonomía urbana?

Una hipótesis podría tener fundamento en la observancia de las “Ordenanzas Municipales” que desde finales del siglo diecinueve oficializaron disposiciones ya vigentes desde los tiempos de la fundación de la Colonia de Fernandina de Jagua.

El cumplimiento de esas ordenanzas redundó en el establecimiento de una comunidad próspera y moderna.

Las de 1895 resultaron claves en la conformación de la ciudad actual, porque fueron las más profundas y permitieron dibujar a Cienfuegos tal como es hoy. Establecieron una voluntad de formas con singular armonía, donde se estableció el espíritu clásico que debía reinar en nuestra ciudad y en las edificaciones que se ejecutaron. La urbe nació bajo la Ilustración, influida por las preocupaciones estéticas de los franceses, quienes impregnaron ese espíritu a la ciudad.

Tan bien funcionaban las regulaciones que hasta 1911 el Paseo del Prado era de tierra, pero todas las edificaciones respetaban la línea de fachadas corridas y el desplazamiento (espacio) de la vía, y cuando se ejecutó la alameda no hubo que demoler ninguna vivienda ni hubo que afectar nada: todo un alarde de previsión que todavía hoy nos sorprende.

Y es que las ordenanzas regulaban prácticamente todo lo concerniente a la comunidad, desde el comportamiento de sus vecinos hasta el entramado urbano.

Las “Ordenanzas Municipales” consideraban igual de importantes las normas de convivencia

Las “Ordenanzas Municipales” consideraban igual de importantes las normas de convivencia.

En el acápite dedicado a las construcciones en la zona central de la ciudad, se fijaba la altura de los edificios, el ancho de las aceras, la uniformidad de las fachadas y la proyección de los balcones, entre otras precisiones.

La única excepción que se permitían los reglamentos al respecto se resumía en un tópico denominado “construcciones de carácter especial”. El apartado especificaba que los edificios del Estado, de la provincia o del municipio, y los de las iglesias públicas, no estarían sujetos a otras dimensiones que las que sus necesidades y el arte aconsejaran, como tampoco los monumentos. La misma dispensa se aplicaba a los inmuebles que sin ser públicos se destinaran a usos corporativos o tuvieran un carácter artístico y monumental.

Incluso el Ayuntamiento podría autorizar inmuebles de mayor elevación siempre que tuvieran buenas proporciones y la solidez debida, aunque cada una de sus plantas o niveles debería atenerse a una misma altura.

Por eso el Parque Martí, donde coinciden edificios tan disímiles, nos resulta tan armónico. Igual de equilibrados se nos presentan otros núcleos citadinos como los paseos del Prado, Arango y la Calzada de Dolores, celosamente considerados en las prescripciones de aquellas ordenanzas.

Toda esta combinación de rigor y flexibilidad se acrisolaba en la disciplina y en el respeto a la Ley. Sólo así pudo la ciudad conciliar tradición y desarrollo sin sacrificar sus esencias.

LA APUESTA POR EL CIVISMO

Pero hubo en esta urbe, por suerte, una temprana conciencia que de nada vale ordenar la proyección de una ciudad si no se cultiva al mismo tiempo el espíritu de sus habitantes.

Las normas de convivencia social son importantes para toda comunidad. Y Cienfuegos las valoraba a tal extremo que decidió reglamentar hasta el comportamiento de los transeúntes.

Junto a las también estrictas disposiciones urbanísticas, las “Ordenanzas Municipales” estipulaban la conducta de los ciudadanos cuando se desplazaban a pie por las calles de la ciudad.

En aquellos preceptos se determinaba, por ejemplo, el derecho que asistía a las personas cuando se cruzaban en  sentido contrario en una acera. Cada una tendría la prioridad por su derecha. Y si caminaban en una misma dirección, las de atrás no podían molestar a las que iban delante, ni obligarlas a que se apresuraran. En ese caso, quienes venían a la zaga deberían torcer su dirección aun cuando tuvieran que abandonar la acera.

Se sancionaba también a los que sin motivo alguno formaran grupos, colocaran puestos de venta o depositaran cualquier objeto que obstruyera o dificultara la libre circulación.

Los espacios peatonales de la ciudad se hicieron cada vez más concurridos con el paso de los años. Y no se sabe a ciencia cierta cuándo dejó de exigirse por el cabal cumplimiento de aquellas disposiciones.

Lo cierto es que recordarlas, y sobre todo ejercitarlas, nunca estaría de más.

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El autor

Omar George Carpi

Licenciado en Filología. Especialista en Dirección de Programas Informativos de la Televisión.

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