No hay ladrón que por bien no venga: la risa por la risa

No hay ladrón que por bien no venga: la risa por la risaGénero subestimado fundamentalmente por quienes piensan que llorar es placer sublime, ofendiendo la risa de nuestras bocas a los que no pueden reír por aciagas circunstancias, a la comedia le son desconocidas, flagrantemente además, sus infinitas posibilidades de taladrar los núcleos de dureza diamantina de las problemáticas humanas. Su vigor catártico social iguala, sino supera por sus atractivos implícitos, a la tragedia.

En sus vertientes estilísticas más aguzadas y comprometidas (parodia y sátira) con las circunstancias del contexto extra e intra-artístico del autor, o movimiento creativo que la conciba, empleada la comedia desde coherentes propósitos deconstructivos, hasta acusar la iconoclastia más caótica, remarca el rol herético del arte en su interacción dialéctica con los procesos históricos. Someter determinado fenómeno al escarnio, sajándolo con el escalpelo del ridículo, puede alcanzar significaciones y consecuencias insospechadas para éste, entre los públicos directa o indirectamente relacionados. Además, antes que con sangre, la letra entra mejor con risa, resultando catalizador cuasi ideal para implementar ideas, e impugnar concepciones.

La obra de un autor como el Premio Nobel de Literatura italiano Darío Fo (Sangiano, 1926), es argumento enjundioso para justificar tales aseveraciones, no más repasar sus aguzadas piezas teatrales que asaetean sin cortapisas los fundamentos de la sociedad y la política de su país. Con la misma agresividad que el Marqués de Sade sublimó la pornografía más brutal, cual látigo esgrimido para expulsar del templo creativo a los mercaderes del puritanismo hipócrita, censores inconsecuentes de los naturales placeres de la carne, Fo, fiel heredero además del Dante que superpobló su poético Infierno de Sumos Pontífices, y el Bocaccio que dinamitó la epicidad de la narrativa medieval con erógenos relatos de alcoba, hiende hace más de medio siglo las máscaras idealizadas de los convencionalismos kitch (tanto políticos como sociales y domésticos) los cuales eliminan, “de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”, al decir de Kundera. Inaceptable para quienes obviar arbitrariamente circunstancias inconvenientes para la aplicación de maniqueos modelos idealizados, es la manera más sencilla de negarlas, añado yo.

Además de la política y sus mil recovecos, la sociedad, la familia, la pareja, han sido seductoras dianas para sus mordaces dardos dramatúrgicos, cuyo impacto desgarra modélicas fidelidades, dejando al descubierto enrevesadas madejas, olorosas a gato encerrado en letrina.

Las continuas violaciones de la monogamia convenida en el mundo occidental de sino cristiano, que aseveran la real e irredenta naturaleza polígama del ser humano, constituyen el tema de la pieza No hay ladrón que por bien no venga, presentada por el Grupo Teatro Escambray, en el escenario del Teatro Tomás Terry los días 8 y 9 de octubre, bajo la dirección de Daisy Martínez, responsable de los más recientes éxitos escénicos de Teatro de los Elementos (todo lo “reciente” que pueda ser algo acaecido hace un lustro).

La puesta, integrada en su totalidad por un elenco de alumnos recién egresados de las aulas vocacionales de Santa Clara, apeló a la arista más ligera del texto de Darío Fo: el atajo de equívocos sobrevenidos en la vida de dos parejas de la clase media, acomodada y chic, a partir de la irrupción de un factor inesperado, caotizador de sus furtivas rutinas de infidelidades, en la persona de un ladronzuelo de poca monta. Junto a su esposa, de ridícula vulgaridad, acentuada hasta la explotación facilista de características físicas de la actriz, el caco se ve envuelto en hirsuta madeja de relaciones clandestinas, demasiado complicada para su sencilla percepción. Los roles se trastocan y el ladrón se ve victimado por las miserias de sus potenciales víctimas.

Bajo el pretexto confeso de articular sólo un divertimento, la obra obvió indagar las implicaciones éticas y sociológicas desglosadas de las explosivas interacciones de los personajes, símbolos del decrépito sistema de apariencias morales sobre el que se basa su existencia. Se recienten así las tesis subyacentes, hasta casi disolverse entre los gritos y carreras en pelo de unos actores en ciernes, cuya escasa o nula experiencia vital les impidió aprehender orgánicamente sus caracteres más allá de la memorización de los parlamentos, no obstante la corrección gestual y la buena dicción. No importa cuán ridículo y extrovertido sea un personaje, debe ser estructurado desde las mismas entrañas, buscando ser proteico, adivinándose tras los aspavientos la vida interna que otorga verosimilitud a la interpretación. De esto testimonian Charles Chaplin, Louis de Funès, Benny Hill, Rowan Atkinson, los chicos de Monthy Pyton, Jim Carey; todos partidarios de la bufonada enjundiosa y la extroversión calculada.

La concepción de “divertimento” fue tomada al pie de una letra tan ligera que su brújula apuntó hacia el sketch humorístico. Desde un principio se renunció a pretensiones estéticas otras que hubieran semantizado más enjundiosamente la puesta en escena, no carente de agilidad, pero convencional hasta la simplicidad, no la dinámica sencillez que hubiera merecido. Quizás cierta conmiseración hacia las limitaciones de los bisoños profesionales implicados, provocó tal alivio de elementos y enfoques “complejos”, dejando a la puesta en los meros huesos. Cierto que cada actor en ciernes debe transitar por diferentes estadíos evolutivos de su proceso de maduración natural; pero sin olvidar tal progresión paulatina se deben sentar miras altas desde el principio, buscando compensar con rigores ambiciosos, las evidentes lagunas pedagógicas.

Despojada de tesis más elaboradas que el ingenioso enredo doméstico reducido el público al voyeurismo más simplón que en la cotidianidad lleva a escudriñar conflictos ajenos en la vecindad, las debilidades dramatúrgicas de No hay ladrón… subrayan la inexperiencia de los actantes, quienes apenas trascienden el ejercicio de clase.

Desperdiciadas muchas de las posibilidades dramáticas del rico texto de Fo, por momentos saboteado, más que aderezado, con inadecuados guiños a la realidad cubana, la comedia y todo su poder iconoclasta, rompe aquí lanzas contra la entretención chata que emplea la risa en su más noble rol de placebo, mellado su filo suficientemente poderoso para rajar la alfombra de convencionalismos kitsch donde la sociedad oculta su mugre.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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