Origen y desarrollo de la prensa periódica en Cienfuegos, símbolo del desarrollo económico del territorio

Origen y desarrollo de la prensa periódica en Cienfuegos, símbolo del desarrollo económico del territorioLa llegada de los primeros periódicos impresos al territorio que actualmente ocupa la provincia de Cienfuegos, debe haberse producido de manos de los pocos colonos que existían en la zona, y de algunos comerciantes que circulaban por esta región en tránsito hacia Trinidad o Sancti Spiritus. Los periódicos verdaderamente cienfuegueros no aparecerían hasta 1825, 6 años después de la fundación de la Colonia de Jagua, pero estos periódicos tampoco tuvieron una vida larga ni grandes tiradas, eran más bien folletos para uso de algunos pocos en la villa.

Son escasísimos los estudios o referencias a estos primeros periódicos y casi nunca se puede ver allí alguna relación entre la prensa dela época con la cultura, la sociedad o la economía de las zonas donde se editaban esos periódicos. En este ensayo abarcaremos desde la fundación de la villa hasta el inicio de la Guerra de 1868, pues en esa etapa las características de todos esos periódicos eran muy similares y después de la Guerra los contenidos cambian acorde a los propios cambios de las condiciones económicas del territorio.

La colonia Fernandina de Jagua, fundada el 22 de abril de 1819 por don Luís De Clouet, contaba poco tiempo después con un periódico de factura humorística que se llamó “El Ético”, escrito a mano y del que solo se publicaron 5 o 6 ejemplares, para regodeo de los vecinos más ilustrados de la naciente Colonia de Jagua, inspirada por los “monsieritos” y “letreros”, como llamaba el fundador al grupo de colonizadores que no le eran totalmente adictos. Así lo reseñó Alberto Aragonés Machado, en su libro “El Periodismo en Las Villas”, publicado en 1953, siendo uno de los primeros interesados en investigar sobre esos primeros periódicos y una de las primeras fuentes bibliográficas sobre el tema en la región central del país, aunque ya Enrique Edo Llop en su “Memoria histórica de Cienfuegos y su jurisdicción” también referencia este hecho.

Por supuesto que nada, o casi nada, se conoce de la factura o los temas de ese primer periódico, pues era muy limitada su tirada en cuanto a ejemplares y alcance. Esos primeros años de la colonia eran los fundadores y algunos recién llegados los que vivían en los alrededores y por lo general eran ciudadanos con cierto nivel de instrucción y económico, que de seguro había tenido acceso a algunos impresos en Europa, la Lousiana o La Habana (Edo Llop, 1888).

Estos primeros colonos, procedentes de Burdeos, Louisinia, Baltimore, Nueva Orleáns y Filadelfia, se dedicaban fundamentalmente al comercio de importación, aunque el propio De Clouet los exhortaba a sembrar algodón y café por su interés de estrechar dichos vínculos comerciales, pues ambos artículos tenía gran demanda en el mercado francés de esa época. Estos colonizadores recibieron una caballería de tierra virgen gratuita, con el compromiso de tener desmontada la mitad antes de los dos años y no podían venderla hasta pasados cinco, lo cual estaba establecido por la cláusula No 10 de la contrata de colonización (Rovira, S/F).

A principios de marzo de 1825, aconsejado por los amigos de su facción, De Clouet suspendió la publicación de “El Ético”, amenazando a los autores de la pequeña hoja manuscrita. El motivo de la suspensión y la amenaza fue que el Fundador creyó que indirectamente se le aludía pues el periódico hacía veladas insinuaciones a dos fantasmas o viudas que campeando por su respeto habían tenido varios altercados durante las horas de la noche.

El público al que iba dirigido “El Ético” era muy limitado, pues en esa época un padrón de la colonia confeccionado por De Clouet a petición del Superior Gobierno registraba 1283 habitantes entre colonos y agregados. Según el censo de 1827, cuando el poblado cabecera contaba con 286 casas y 841 pobladores el número de habitantes de la colonia ascendía a 1555.

Desarrollo económico de la Villa esos primeros años

Los primeros quince años de vida económica de la colonia se caracterizarían por el peculiar proceso de acumulación de capitales condicionada por la explosión azucarera en el territorio. El azúcar, la ganadería y sus derivados, la madera, el café, el tabaco, la minería (esta última en menor escala), tuvieron parte activa en el mismo, incluyendo la formación de un incipiente capital comercial a favor del florecimiento del puerto de Jagua.

La producción maderera

Cienfuegos se convirtió en uno de los principales proveedores de madera para Trinidad en las primeras décadas del siglo XIX. El puerto de Trinidad parece haber sido el punto intermedio en el comercio exterior de la madera cienfueguera aún teniendo en consideración la extracción ilegal con el consentimiento de las autoridades coloniales del Castillo de Jagua o sin ésta. La existencia en Trinidad de fuertes nexos comerciales “legales” o “extra legales” con Jamaica y otros países, así como el hecho de contar con una flota propia, avalan tal conjetura cuando la no habilitación del puerto de Jagua para el comercio exterior constituía un serio obstáculo. Por otra parte la ruta de cabotaje en la costa, debió facilitar grandemente el trasiego de las maderas hacia Trinidad. La explotación de este renglón tuvo nuevos bríos cuando se produjo la fundación de la colonia (Venegas, 1974).

Los inmensos bosques de la zona eran explotados por los lugareños y también por los nuevos colonos (vale recordar que los colonos por obligación de sus contratos tenían que limpiar de malezas y bosques sus terrenos en un lapso de dos años), los que aseguraban una fuente de ganancia estable con una inversión inicial pequeña y libre de riesgo por la simplicidad de la operación y al mismo tiempo creaba las condiciones necesarias para la agricultura comercial al desmontarlas y desarrollar una infraestructura de caminos vinculados a los ríos, que constituían las principales vías de comunicación de entonces; una gran parte de los cortes se encontraban en los bosques cercanos al río Damují y sus afluentes, donde parece estuvo localizado el principal grupo maderero de los primeros años.

Félix Bouyón en 1831, instaló una máquina para aserrar madera en el salto del río Jabacoa que vierte sus aguas en el río El Damují en un paso llamado El Lechuzo. Esto afirma y señala la importancia que iba adquiriendo la extracción en la comarca. Otros focos madereros estaban ubicados en terreno de la hacienda Juraguá y en torno a los ríos Salado, Caunao, Arimao y Gavilán. Uno de los estímulos para la extracción de la madera en Cienfuegos lo constituyó la construcción del ferrocarril. Se estableció una matrícula de negociantes del giro y el poblado y también rigurosas condiciones para la extracción. El corte y acarreo de madera hasta el puerto fue el único medio de vida de algunos colonos. Por el año 1827 el salario de un labrador de madera no pasaba de un peso (Venegas, 1974).

La producción ganadera

La ganadería estaba extendida por toda la región sureña, pero los principales núcleos se encontraban ubicados en los partidos de Yaguaramas, Cumanayagua y Camarones. Por estos años el crecimiento de la masa ganadera fue extraordinaria, la demanda de las plantaciones azucareras de las regiones habaneras, matanceras, trinitarias, así como la de las Antillas, en especial Jamaica, así lo propiciaban. Unido a ello el surgimiento de grandes centros de consumo en las ya mencionadas regiones como consecuencia de las aglomeraciones de población generadas por la citada economía azucarera que debían ser abastecidas, desde zonas muy lejanas, principalmente, Puerto Príncipe y Las Tunas, brindó a Cienfuegos una situación ventajosa para competir, dada la relativa cercanía geográfica. Además no debe olvidarse que la formación de un núcleo de población en la bahía influyó de manera positiva en el desarrollo ganadero (Gómez, S/F).

Solo en la zona de Cienfuegos en el año 1824 se cuentan 431 toros y vacas, 244 bueyes de labor y tiro, 252 caballos y yeguas o ganado mular o asnar, 1179 cerdos y 35 lanar caprinos. Según lo reflejado en el censo del año 1827, en las 116 haciendas o sitios de crianza existentes en la colonia de Jagua habían 23, 480 cabezas de ganado vacuno. En 1838, casi se había triplicado ese inventario con un total existiendo 58,989 reses en los ocho barrios rurales que formaban esta jurisdicción (Gómez, S/F).

Además se contaba con 88 haciendas de crianza con una extensión de 2 181 caballerías y 355 potreros que ocupaban 4 119 caballerías. Entre estas fincas había ingenios, cafetales y sitios con 7360 equinos, 34 041 porcinos, 500 caprinos, 432 ovinos y 64 115 bovinos.

La decadencia en esta industria se debió a varias causa como fueron el aumento del valor de las tierras en su venta y en su renta; no permitiendo a la misma competir con al del azúcar, por cuanto las colonias de caña habían hecho desaparecer gran número de potreros en esta jurisdicción y por otra parte ni la acción oficial, ni la privada tenían a su alcance los medios especiales que podrían devolverle la propiedad perdida, a lo que se unía el propio proceso de la revolución industrial azucarera que, por su propia naturaleza tiende a desplazar cada vez más al ganado, como fuerza motriz.

La producción tabacalera y cafetalera

La producción tabacalera en el territorio cienfueguero alcanzó el clímax en los primeros años del siglo XIX, cuando en las numerosas vegas que existían en el los ríos Arimao, Caonao, Mataguá, Damují y Salado se obtenía una notable producción. En 1845 en la jurisdicción de Cienfuegos se producían 11,35 toneladas de tabaco en rama y 200 millares de tabaco torcido (74 toneladas) (Edo Llop, 1888).

El cultivo del café fue otro renglón importante de la región en los primeros años. La producción del mismo estaba localizada en las montañas del Escambray, aunque también se cultivaba en otros lugares como por ejemplo en las márgenes del río Damují. La caída de la producción haitiana, junto a las magníficas condiciones naturales de la zona para su cultivo determinaron su crecimiento en las primeras décadas de siglo XIX. En 1845 la producción alcanzada fue de 6.56 toneladas.

Este producto comenzó a declinar por varios factores que determinaron que desapareciera entre los rubros de exportación en los años subsiguientes, entre ellos puede mencionarse la competencia con la industria azucarera por las tierras apropiadas para el cultivo cañero en la región como ocurrió en la zona del Damují en que se levantó el ingenio Laberinto.

Por otro lado la guerra de tarifas entre y Estados Unidos y la aparición en otros países como Brasil, de otros cafetaleros altamente productivos que el capitalismo americano y europeo prefería como fuente de suministros, fue otra de las causas de que la producción comenzara a perder importancia en Cienfuegos (Edo Llop, 1888).

Un ejemplo es el caso de Antonio Acea y su hermano Nicolás, que en 1837 se hicieron socios para fomentar el cafetal Santa Marta en el corral de Limones en el que sembraron miles de matas de café y en 1840 resolvieron dedicar la finca a la siembra de caña y fomentar un ingenio de fomentar azúcar al que nombraron “Dos Hermanos”.

La industria azucarera

El desarrollo azucarero de la región central de Cuba en la primera mitad del siglo XIX fue en última instancia, el resultado de la expansión del azúcar hacia el este de la isla, una vez agotadas las posibilidades de tierras fértiles en la región occidental donde se encontraba la gran producción azucarera de entonces.

En ese contexto la región de Cienfuegos se distinguió del resto de las jurisdicciones azucareras que conformaban el territorio occidental como un caso interesante y peculiar. Mientras Sagua la Grande recibía tempranas inversiones de capitales habaneros – matancero, Remedio avanzaba lentamente en la fabricación del azúcar y Trinidad presentaba los primeros síntomas de una crisis que le haría perder su poderío azucarero- el más significativo de la región central hasta ese momento en la región cienfueguera se daban las premisas para un fuerte y sostenido despegue azucarero (García, S/F).

Con la reafirmación de un núcleo poblacional en la bahía de Jagua en 1819, se inició el lento proceso de expansión azucarera que se convirtió en explosivo desarrollo hacía la segunda mitad de la década de 1830.

Las posibilidades de embarcar los productos por el puerto, sobre todo desde la habilitación del mismo en 1825 y de una rehabilitación de los precios, también motivaron estas primeras inversiones en la industria azucarera. En los primeros años de fundado el poblado, Juan Bautista Sarría y Miguel del Pino fomentaron respectivamente los ingenios “Soledad” y “San Lino del Laberinto”. A fines de la década del veinte el número de fábricas de elaborar azúcar alcanzaba el número aproximado de diez.

Las primeras inversiones en la industria cienfueguera fueron realizadas por hacendados locales aun cuando estuvieron presentes los intereses trinitarios en la persona de Juan Bautista Sarría el que bien pudiera considerarse la avanzada inversionista de este grupo en la región.

Junto a Agustín Santa Cruz, Honorato Bouyón y José Comas los otros miembros de la “aristocracia local” que se iniciaron en el negocio azucarero fueron Felipe Leyva, José Francisco Cardoso, Ozaguirre y del Cueto. No Obstante estas inversiones mostraron una característica que resulta importante destacar, eran pequeños y hasta improvisados trapiches los que se levantaron como resultado de la coyuntura del mercado (García, S/F).

La sostenida concentración de capitales en la región cienfueguera determinó, tanto el ritmo del crecimiento, como las condiciones técnicas y estructurales de la naciente industria azucarera en los años anteriores al desarrollo explosivo de la región. Por eso de las diez unidades existentes hacia 1830, la mitad estaba constituida por verdaderos ingenios y el resto no eran más que pequeños trapiches dedicados a la elaboración de raspaduras, como eran las propiedades de José Francisco Cardoso, Felipe Leyva y Francisco Castillo. En el caso específico de los ingenios, éstos se encontraban situados en el litoral de la bahía, fundamentalmente entre los terrenos que se extienden entre los ríos Caunao y Salado, a poca distancia del poblado; salvo el Laberinto, que se alzaba en las márgenes del río Damují.

Hacia 1839, la región ya contaba con 26 ingenios, los cuales ocupaban 905 caballerías de tierra – 298 abiertas y 607 montuosas – y siete años más tarde, en 1846, alcanzó la cifra de 71.

En quince o veinte años Cienfuegos alcanzó un desarrollo de la industria azucarera como no lo pudieron alcanzar otras regiones del país. Desde entonces el azúcar pasó a constituir el principal producto de la agricultura y de mayor exportación de toda la región (García, S/F).

Así las condiciones para hacer de Cienfuegos una zona completamente apta para entrar de lleno en la industria azucarera se completaría con un puerto en la Bahía de Jagua habilitado para el comercio exterior con muelles particulares que se fueron perfeccionando con el tiempo.

En todo ese proceso fundador de ingenios un importante papel lo jugaron los diferentes capitales que en él intervinieron las potencialidades que tenía la región para su desarrollo azucarero y su amplio fondo de tierras in explotadas no había podido aprovecharse totalmente debido a las difíciles condiciones que enfrentó la acumulación de la acumulación de capital en los primeros años de la colonia. Para ello se requería un fuerte movimiento inversionista en el cual no bastaban los capitales fomentados en la propia región. Es en este sentido que la presencia de capital foráneo en todo este proceso contribuyó favorablemente a toda dinamización de la producción azucarera.

Llega la imprenta a Cienfuegos

A estímulo de don Ramón María de Labra, Gobernador civil y militar de esta villa, llega la primera imprenta a Cienfuegos el día 14 de noviembre de 1845, estableciéndola Francisco Mutra que procedía de Trinidad, donde su padre, Cristóbal Mutra introdujo el arte de Guttemberg un cuarto de siglo antes. Francisco Mutra fue el fundador también en aquel territorio de la “Revista Espirituana”, según Manuel Martínez Moles, en su libro “Periodismo y periódicos espirituanos” publicado en la Imprenta Siglo XX, de La Habana, en 1930.

El 15 de noviembre de 1845, al día siguiente de su llegada a Cienfuegos, comenzó Mutra a publicar una hoja impresa que se editaba a expensas de varios comerciantes de la Villa con licencia del Gobierno. Esta hoja solo insertaba noticias económicas y mercantiles. Desde el día 6 de diciembre del año 1845 se empezó a editar en forma de periódico, con el título de “Hoja Económica de Cienfuegos”. Fue el primer periódico de Cienfuegos, no manuscrito desde luego, pues ya hemos hablado de la precedencia de “El Ético”, hecho a manos durante el primer lustro de la colonización de Fernandina de Jagua (Martínez, 1930).

La imprenta significaba un paso de avance en el quehacer editorial del territorio, no solo para la impresión de periódicos, sino para impresos diversos con fines comerciales.

Si analizamos la fecha de llegada de la imprenta a Cienfuegos y el lugar de donde provenía vemos una estrecha relación con el desplazamiento de la economía desde Trinidad hacia aquí a mediados del siglo XIX, pues es precisamente alrededor de 1840 cuando comienza a decaer la plantación cañera en Trinidad y gana auge el comercio variado, sobre todo con la ruta marítima de la bahía de Jagua.

En esa época los capitales provenientes de Trinidad, Sancti Spiritus, la llanura de Matanzas y La Habana comienzan a asentarse Cienfuegos. Las grandes plantaciones cañeras de esos territorios pierden la supremacía frente a los modernos ingenios cienfuegueros, que en un momento dado llegaron a tener el central azucarero más grande del mundo.

Por supuesto que todos esos comerciantes asentados en la villa necesitaban noticias e informaciones sobre diversos temas, por eso insertaba la “Hoja Económica’ además de la información comercial, noticias concernientes a espectáculos y diversiones y las órdenes y disposiciones del Gobierno y de las corporaciones públicas. En 1847, los días 10, 11 y 12 de febrero, dedicó una edición extraordinaria en papel de color y adornada con coronas, viñetas y versos, de doble tirada de la corriente, con motivo del casamiento de la Reina Isabel II con el Príncipe Don Francisco de Asís.

Sufrió la “Hoja Económica” reformas de consideración, dándosele otro tamaño y pasando, el día primero de mayo, a llamarse “El Telegrafo”, luego de haber sido designada órgano del Gobierno de la jurisdicción y de encargarse de dirigirla, don Enrique Edo y Llop, autor más tarde de la “Memoria Histórica de Cienfuegos y su Jurisdicción”. En 1857 le sucedieron como directores de La Hoja, Fernando Pie Faura y Adalio Scola.

Al designar a “El Telégrafo” como órgano del Gobierno de la jurisdicción ya este medio de prensa obtiene un carácter más oficial y estable, pues contaría así con un soporte económico estable, pero también con una visión impuesta por el Gobierno.

Autorizado por el régimen español, como era de rigor en aquellos tiempos, comenzó a publicarse en 1855 el periódico bisemanal “El Fomento”, en la nueva imprenta de don Eduardo Feixas Bartrina, otro de esos impresores que vio en el auge económico de la villa una posibilidad para asentarse aquí y ganar una posición relevante en la zona (Martínez, 1930).

Esta novel publicación, redactada por varios jóvenes, se hizo diaria desde el día primero del propio año. Pero los periódicos de entonces no tenían más facultades permitidas que los asuntos triviales e intrascendentes de la comunidad, y aun en estos casos estaban sometidos al gusto y caprichos de los tenientes gobernadores, cuya censura impedía que pudieran ejercer influencia trascendental de clase alguna. Consiguientemente, su existencia se deslizaba “entre soporíferos desmayos, de ansias de más aire que respirar”, consigna Enrique Edo Llop en su historia, el cual dirigió este diario hasta el 6 de marzo de 1866, sucediéndole en el cargo Federico Amat.

En 1860 publicó Luís Martínez Casado el periódico teatral denominado “El Apuntador”, aunque únicamente se publicaron dos números a fines de este año, fecha en que se fundó también el teatro Avellaneda, para el cual hizo venir a la propia Gertrudis Gómez a la representación de su drama “Alfonso Munio”. Un año después funda el propio Martínez Casado una imprenta tipográfica, la que a partir de 1861 contribuye notoriamente al auge de las letras locales. Este propio año de 61 dirige “El Fomento” el poeta don Antonio Hurtado del Valle, conocido por El Hijo del Damují, que más tarde fue excelso patriota y miembro de la Asamblea de Guáimaro (Edo Llop, 1888).

Don Enrique Edo Llop fundó en 1862 “El Chismoso”, semanario festivo, primero de ese género que vio la luz en Las Villas. Y el 1864 los diarios “El Telégrafo” y “El Fomento”, dirigidos a la sazón por Martínez Casado y Hurtado del Valle, respectivamente, iniciaron una campaña de vivos tonos políticos como expresión de los sentimientos que alboreaban en el horizonte nacional antes del estallido de la revolución de Yara. El primero se abroga la representación de las tendencias de suspicaz resistencia conservadora, y el segundo mantenía la aspiración a las reformas, en el sentido expansivo y liberal. Esto despertó el interés por ambas publicaciones, marcando sus controversias una nueva etapa en el periodismo local.

En 1866 vendió Martínez Casado la imprenta y litografía de su propiedad a don Enrique Edo Llop, así como el periódico “El Telégrafo”, que a partir del día 8 de diciembre dejó de publicarse, para reformar y mejorar tanto el establecimiento como el diario.

Otras publicaciones de la preguerra fueron “El Comercio”, de julio de 1867, dirigido por Antonio Hurtado del Valle, que se imprimía en el nuevo establecimiento tipográfico fundado por don Carlos Quiñones; “El Telégrafo”, del primero de enero de 1867, que bajo la dirección de su propietario Edo Llop, reapareció entonces como órgano del partido de las reformas. Se tiró este diario en la primer prensa de máquina que se vio en Cienfuegos, la que fuera de La Habana solo tenían Santiago de Cuba y Matanzas. Introdujo además este periódico el servicio de mensajes telegráficos, insertando noticias diarias de la capital y de otras partes del mundo (Martínez, 1930).

Estos adelantos en la impresión de periódicos no eran simples inventos, sino que eran un símbolo del desarrollo económico de la villa: La Habana, Santiago y Matanzas tenían imprentas tan modernas como la de Cienfuegos, pero eran muy pocos los periódicos fuera de la capital que tenían servicio telegráfico y se preocupaban por publicar noticias de otros territorios, sobre todo los movimientos portuarios de cargas y pasajeros , que eran muy seguidos por la clase comercial cienfueguera, que se informaba así de la llegada de sus mercancías a diferentes puertos de la Isla.

A la muerte de don Eduardo Feixas, dejó de publicarse “El Fomento” el día 27 de mayo, pero volvió a aparecer el 15 de julio con la misma dirección de Hurtado del Valle, que el 21 de agosto abandonó el cargo. Vagó sin rumbo determinado la publicación hasta fin de año que desapareció, para ser sustituido por “El Pabellón Nacional”. Desapareció poco después “El Comercio”, cuando lo dirigía don Luís F. Domínguez, el 15 de abril. Pero en agosto del 67 Hurtado del Valle fundó un semanario titulado “El Damují” del que solo se tiraron muy pocos ejemplares.

La censura española fue muy dura con la prensa local de los primeros tiempos. A don Enrique Edo Llop se le censuró con impiedad en sus distintas publicaciones, y de modo expreso en el periódico festivo “El Chismoso”, que en su segunda etapa fue secuestrada la tirada por haber insertado una caricatura que representaba al censor Madrazo acometiendo con el lápiz rojo al director y redactores, motivo porque dejó de publicarse aquel semanario crítico (Edo Llop, 1888).

Siguen las nuevas publicaciones con la creación de “El Negro Bueno”, semanario satírico de acusadas tendencias liberales, fundado en enero del 1868 por Jacobo Domínguez Santi, que fue clausurado al tercer número y su fundador encarcelado en La Cabaña

Al estallar la Guerra de los Diez Años, había en Cienfuegos tres periódicos que se ocupaban de los problemas políticos: “El Fomento” y “El Comercio”, defensores de la implantación de un régimen autonómico o de reformas políticas, y “El Telégrafo”, que era el órgano defensor del régimen imperante y de tendencias ultra conservadoras (Machado, 1953).

En todo momento las publicaciones locales respondieron al pensamiento político y sociocultural de la época, aunque siempre existió alguna publicación con algunas ideas más “liberales” pero que duraban muy poco tiempo, pues eran censuradas y eliminadas por los respectivos Gobernadores.

Todas la publicaciones cienfuegueras, desde la Fundación hasta el inicio de la Guerra de los 10 años se caracterizaron por un perfeccionamiento sistemático de sus ediciones y por la introducción de la tecnología tipográfica más moderna, que sirvieron para establecer y difundir los criterios económicos, políticos y culturales; singularizaron en cada momento las ideologías de las clases en el poder, aspecto que se vio favorecido con la presencia tanto en su trabajo de escritura como de la edición por los intelectuales y creadores más significativos de su período, representando con ello el pensamiento de avanzada nacional , así garantizaban la supervivencia de las publicaciones y su utilidad.

También tuvieron un papel importante en estas publicaciones las informaciones de corte comercial o económicas, así como los anuncios o promociones, que eran las que sufragaban parte del proceso editorial.

En definitiva, siempre la prensa periódica responde a los intereses de la clase dirigente o desaparece, pero en el caso de Cienfuegos en esos primeros años respondió sobre todo a los intereses económicos de una clase social en auge, que buscaba informaciones comerciales, noticias diversas, pero que no buscaba grandes debates políticos en ella. Esa prensa también se vio influenciada por la inversión de capitales nacionales de los centros poblacionales cercanos, como Trinidad, Sancti Spiritus y Matanzas y muchas veces los mismos comerciantes locales eran los inversionistas de las imprentas.

Se puede decir que en Cienfuegos, la prensa desde la Fundación, siempre estuvo presenta como respuesta a los intereses comerciales de la Villa y se vio beneficiada por el auge económico de esta en todo momento.

En sentido general la prensa cienfueguera discurrió estos años entre apariciones y desapariciones de diferentes publicaciones, siempre buscando instalar aquí la última tecnología de impresión posible y el mayor número posible de anunciantes, pues estos últimos eran los que propiciaban los ingresos mayores de las publicaciones.

Sin embargo, esta prensa cienfueguera de los primeros años no se ha estudiado científicamente; solo se ha realizado algunas aproximaciones al tema, como la realizada por Edo Llop y la de Aragonés Machado, pero ambos se limitan a enumerar algunas características de los medios existentes. En ninguno de los dos casos se buscan las causas que llevaron a esos primeros impresores a asentarse en la Villa, ni los condicionamientos económicos existentes en el momento. Estas relaciones entre la prensa y la economía pueden pasar inadvertidas para un lector pasivo, pero no para un investigador del tema, que debe establecer las causas y las consecuencias de un hecho histórico mediante las relaciones de las diferentes variables del tema.

La obra de Edo Llop es fuente de consulta para investigar sobre esa época y sobre el tema, en parte producto del mal estado de los pocos ejemplares que se conservan en los archivos cienfuegueros, que se pudieran catalogar de escasísimos en lo referente a esa etapa. Aunque se conservan varios periódicos de la segunda mitad del siglo XIX, son casi inexistentes los que se publicaron en la primera mitad. Esa dificultad ha hecho se tomen como referencias los textos citados, y muy pocas veces las fuentes originales.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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