¡Real espectáculo!

¡Real espectáculo!La temporada que el Royal Ballet acaba de presentar en La Habana ha sido histórica, y no se trata de una frase hecha. Lo del público cubano con la compañía británica fue amor a primera vista; más bien pasión, delirio… Teatros abarrotados, ovaciones rotundas.

El programa —exquisito, variado— colmó las expectativas, a pesar de que algunos “entendidos” habían vaticinado que no era demasiado pirotécnico para el gusto local. Error de cálculo: los espectadores disfrutaron tanto las piezas más conocidas del gran repertorio tradicional como las coreografías más auténticamente inglesas.

Abrir el programa con Chroma, una obra de aires muy contemporáneos, pudo parecer arriesgado, pero en definitiva funcionó como carta de presentación de un elenco en forma, enérgico, preparado para asumir un lenguaje en constante tensión con la técnica más académica.

La pieza de Wayne McGregor, por supuesto, es mucho más: un interesante ensayo sobre la autonomía del movimiento y su capacidad de constituirse en paisaje. En un escenario prácticamente aséptico, los bailarines devienen trepidante arquitectura, espectro cromático. Los cuerpos asumen una caligrafía llena de rupturas: de la esencial limpieza de las líneas clásicas hasta la sinuosidad de un movimiento aparentemente anárquico, sin que nos dé tiempo a reparar en la transición. Es una obra vigorosa, marcada por una eficaz alternancia de tiempos rápidos y lentos, de solos y conjuntos. La limpieza de la técnica, la ductilidad y fuerza expresiva de cada uno de los intérpretes, ofrecen al coreógrafo un magnífico “instrumento”. La segunda parte del programa presentado el martes y el jueves en el Gran Teatro estuvo casi íntegramente dedicada a Frederick Ashton y Kenneth MacMillan, dos genios en cuyas creaciones descansa buena parte del prestigio de la coreografía inglesa. Los pas de deux Voces de la primavera, Romeo y Julieta, Farewell y Thaïs constituyen la quintaesencia de un estilo que prioriza el calado dramático, la expresividad del movimiento, la exquisitez del acabado. No hay aquí grandes alardes de virtuosismo técnico —al menos no al estilo Petipá—: todo está puesto en función de una idea, de un sentimiento, de una verdad, sin que la danza peque de pantomímica. Interpretativamente deslumbra, más allá de la proverbial suficiencia técnica, la profunda comprensión de los matices, las intenciones, las coordenadas de cada pieza.

Para el cierre de esas noches, una joya de Ashton: Un mes en el campo: teatro hecho danza, danza hecha teatro. La versión de la obra homónima del ruso Turgueniev rezuma buen gusto y contundencia expresiva. Pero sobre todo, diafanidad coreográfica. No es necesario leer el programa de mano para comprender lo que sucede sobre el escenario. El retrato de los personajes, el inventario de sus motivaciones, se vislumbra con gestos y movimientos precisos, con un serio trabajo de caracterización que trasciende lo meramente coreográfico (la puesta en escena es prodigiosa: decorados, vestuario, maquillaje y luces forman un todo armonioso y sugerente, un tejido sin fisuras).

En una pieza puramente narrativa, la danza no parece mero accesorio, divertimento: deviene ella misma línea argumental, cuerpo dramático. Aquí destaca la extraordinaria interpretación de Zenaida Yanowski, quien saca partido a su privilegiada línea y su peculiar sensibilidad para “bordar” un personaje complejo, contradictorio, que transita con asombrosa organicidad de la alegría a la desesperación, de la bondad al egoísmo, de la paz al furor, sin que la abandone nunca una especie de halo, algo que va más allá de la belleza. Zenaida llena el escenario con su presencia, fascina, conmueve… El público la premió con una extraordinaria ovación (algo semejante, nos cuentan, ocurrió con Alexandra Ansanelli en el mismo personaje, lamentablemente no tuvimos la oportunidad de asistir a su función).

También hubo espacio para piezas más efervescentes. En el emotivo homenaje a Alicia Alonso, en el que compartieron escenario, con singular armonía, primeros bailarines del Royal y del Ballet Nacional de Cuba, Tamara Rojo y Carlos Acosta llevaron al público casi al paroxismo con el pas de deux de El corsario. Los que aman al fouetté sobre todas las cosas tuvieron su noche: Tamara Rojo y Viengsay Valdés ofrecieron contundentes demostraciones en ese sentido. En otra cuerda, Les Lutins, del primer bailarín Johan Kobborg, regaló también grandes cuotas de virtuosismo (no solo de los bailarines, también del joven y excepcional violinista Charlie Siem), brillantez estrechamente ligada a una comicidad algo inocente que sin embargo caló muy bien en el público.

Manón: una obra maestra

Punto y aparte para la pieza que cerró la temporada en el teatro Karl Marx, una obra maestra, un clásico de la coreografía del siglo XX: Manón, de Kenneth MacMillan. La verdadera grandeza de este ballet no radica en su funcional dramaturgia, o en el inspiradísimo arreglo de la partitura de Massenet, ni siquiera en la fastuosa y sugerente puesta en escena, trabajada hasta el detalle. Lo que verdaderamente sorprende aquí es la pasmosa habilidad de MacMillan para traducir a la danza el más amplio espectro de emociones: el movimiento habla. Usando el vocabulario tradicional, MacMillan alumbra una nueva forma de decir, acuña un estilo. La fluidez y contundencia metafórica de las secuencias es proverbial. El célebre pas de deux del primer acto es uno de los más logrados pasajes de amor de toda la historia del ballet: aquí están a flor de piel los sentimientos, las motivaciones, acunados en una estilización que nunca roza el amaneramiento. El final es estremecedor, por su despliegue coreográfico, su fuerza dramática, su carga poética…

Y qué decir de las interpretaciones: Tamara Rojo ha interiorizado el rol hasta las últimas consecuencias; su fuerza radica en la comprensión de la psicología del personaje (hace énfasis en la naturaleza díscola de Manón, en la frivolidad, que es su perdición, en su desprejuiciada zambullida en la pasión); no tiene que preocuparse por la técnica, pues es una bailarina poderosa, se regodea entonces en lo expresivo. Alina Cojocaru explora en la fragilidad del personaje. Hace gala de unas condiciones técnicas que la han ubicado entre las mejores bailarinas del momento, pero sus principales virtudes son la sensibilidad y la elegancia, el pleno dominio del cuerpo. Su Manón es de una belleza hechizante, asume la compleja coreografía de MacMillan con una naturalidad que por momentos parece irreal.

Carlos Acosta —impecable en la ejecución técnica, segurísimo en el trabajo de pareja— se regodea en la pasión de Des Grieux, en su amor obsesivo por Manón; despliega en escena su particular compenetración con Tamara. Johan Kobborg hace un retrato más apegado al original literario, su Des Grieux es una criatura manipulable, dócil, romántica, víctima de las circunstancias. El desempeño técnico está a la altura de las exigencias, pero su histrionismo es sencillamente impresionante: en la escena de la muerte de Manón regala momentos de conmovedora intensidad. Los españoles Laura Morera, n y Ricardo Cervera destacan en sus personajes, aunque sería demasiado mezquino desconocer el excelente desempeño de todo el elenco.
No bastan estas líneas para enumerar los pasajes emotivos de esta temporada del Royal Ballet, dirigido por una figura histórica de la compañía, Monica Mason. Roberta Márquez y Edwar Watson, en un delicioso pas de deux de Romeo y Julieta; Mara Galeazzi y Thiago Soares, asumiendo con fuerza y convicción la poderosa coreografía de Farewell; Leanne Benjamín y David Makhateli, inspirados y precisos en el pas de deux de Thaïs; Sarah Lamb, Federico Bonelli, Eric Underwood en Chroma… Han sido cinco memorables funciones, maravilloso encuentro.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

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