Rutinas en el 405

Rutinas en el 405

Ya todos en aquel edificio estaban acostumbrados. A pesar del jolgorio y el ambiente popular que se forma cuando convergen muchas familias en una misma construcción, los bullicios detrás de las paredes del departamento 405 eran una historia diferente.

Sin embargo, desde hace mucho tiempo que los vecinos renunciaron a sobresaltarse ante los ruidos estrepitosos o los gritos de terror.

Debajo, en la plazuela del barrio se reunían los chiquillos a jugar bolas y trompos. El vendedor de pan como reloj a la misma hora, acomodaba su bicicleta rústica en la primera puerta del edificio y entonces comenzaba a pregonar. Entre el silencio de “el pan” y “el pan”, era común escuchar algún golpe o un insulto salidos del 405.

El vecino que pasaba apurado a comprar el alimento cotidiano, miraba con picardía al vendedor y éste, le devolvía el vistazo con un movimiento de cabeza, en señal de… “ahí están de nuevo”.

Así, la vecina de enfrente cerraba la puerta de un tirón y subía el volumen a los muñequitos que transmitían en la tele, para que su hija de 6 años no se diera cuenta de nada.

Y es que en el 405, vivían Zoraida y Alberto, casados por más de 10 años. Ella, una típica ama de casa y él se ganaba la vida de un lado para otro manejando un taxi estatal.

Zoraida apenas salía de su hogar, no tenía hijos y desde que se mudó no tenía amistades en la vecindad; ni siquiera aquello de “préstame una cucharadita de sal”.

Era una mujer callada y algunos de los que especulan sobre la vida ajena, aseguraban que había sido maestra de la enseñanza primaria y que era muy buena en su profesión.

Alberto era un tipo de “la calle”, con aspecto rudo y una barba en la cara que endurecía sus rasgos físicos. Gustaba de beber en la esquina del edificio, en un pequeño bar de mala muerte y con varios compadres que se parecían a él. Allí, se escuchaban buenas conversaciones de hombres; que si los carros de tal o más cual tipo o que si las mujeres son buenas, malas y demandan de ese o de aquel tratamiento.

El caso es que cuando Alberto atravesaba la puerta de su casa descargaba las energías del día con su esposa. Al inicio se excusaba en los tragos de más y después se quedó sin historias para los maltratos que ejercía sobre Zoraida.

Comenzó por alzarle la voz en una simple discusión, donde se quedó sin argumentos. Luego un plato o un adorno roto y después, el primer agarrón de pelos y un golpe en el rostro, cuyas marcas le duraron por varias semanas.

Los escándalos comenzaron a llamar la atención de los vecinos. Un día se escucharon unos gritos desesperados y la señora del 408 se atrevió a tocar a la puerta. Alberto salió disparado y le espetó en la cara que no se metiera en los problemas ajenos.

En otra ocasión, el llanto y las súplicas de Zoraida se extendieron por el edificio y fue ahí, cuando alguien decidió avisar a la policía. Estos personajes, llegaron después de calmada la tormenta y mientras no pocos se asomaron a mirar lo que sucedía; ella abrió la puerta y les dijo con la cabeza gacha: “aquí no pasaba nada, los llamaron por error.”

Desde ese momento, los colindantes se acostumbraron a las querellas del 405 y lo asumieron como “la vida privada de sus dueños”. Con el paso de tiempo dejaron de comentar sobre el tema y las bataholas entre aquellos inquilinos pasaron a ser parte natural del entorno de la vecindad.

Hasta ese día que la rutina pasó a otro nivel. Era el horario donde se acomodan don luces en el panorama. Aún desandaba el vendedor de pan por esos lares, cuando un golpetazo paró de oídos a todos los cercanos.

Acto seguido, la pareja peleadora dejó ver sus forcejos y Alberto con gestos descontrolados y sin poder manejar su ira empujó a Zoraida fuera del balcón. Su cuerpo se desmoronó cuatros pisos más abajo.

Ese fue el último golpe que se escuchó en el edificio. Nadie salió a la calle, pero todos murmuraban sobre el final de aquella historia: ella muerta y él en la cárcel. Ahora, es el silencio detrás de la pared lo que cambió las rutinas en el 405.

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El autor

Yanelis Pereira García

Licenciada en Periodismo. Periodista del Telecentro Perlavisión, en Cienfuegos.

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