Tres cigarrillos y la última mano

Tres cigarrillos y la última manoLos actos rutinarios y las conductas estereotipadas que ofrecen al ser humano la cotidiana seguridad de lo previsible, cual reafirmación de identidad individual, a salvo de las sorpresas que aguardan embozadas al doblar del próximo minuto, devienen ceremonias casi sagradas, desarrolladas con el fervor religioso de quienes agradecen cada mañana levantarse iguales.

Con una suerte de apología de estas pequeñas cosas, de estos métodos particulares, inicia el monólogo Tres cigarrillos y la última lasaña, interpretado por el consagrado actor brasileño Renato Borghi, actual miembro del grupo Teatro Promiscuo, el cual visitó Cienfuegos, ya acostumbrada subsede de la Temporada Mayo Teatral organizada por Casa de las Américas.

En el seguro discurrir de la existencia del protagonista, quien siempre degusta filosófica y cronométricamente tres cigarrillos en las diferentes etapas del acostumbrado almuerzo en el mismo restaurante, metáfora inicial acerca de la aparentemente inamovilidad rectilínea uniforme de la vida, es depositada una simiente de caos: la mutilación de su primordial mano derecha, principal instrumento ritual.

Con total dominio de un estilo naturalista, conversacional, sin rastros de tremendismo escénico ni hiperbolizaciones gestuales, Borghi asumió el texto de alto sino literario con sobriedad expresiva, alternando y mezclando orgánicamente los tonos trágico, tragicómico y las menos veces, cómico. La equilibrada interpretación llevó a la audiencia por los avatares médicos de la víctima, quien en medio de sofisticadas operaciones para injertarle experimentalmente una mano ajena, se refugia en recuerdos banales y nostalgias de lasañas y cigarrillos.

Ciertas imágenes propuestas rozan La Metamorfosis de Kafka, como es el anónimo y homogéneo conjunto de médicos que analizan y deciden fríamente sobre el destino del protagonista, simbolizando el contexto enajenante que acechaba tras las rutinas caras al personaje.

Las promesas de un buen futuro gracias a la nueva mano se resquebraja ante los primeros fallos “técnicos”, sobreviniendo el clímax del monólogo, donde se revela finalmente el discurso, subyacente hasta ese momento, acerca de la alienación, la disolución de la identidad, la inadaptación expuesta por Kafka, Camus y Karinthy en sus novelas, el estallido de la protectora burbuja rutinaria, el terror ante la realidad “real”, negada hasta el momento por el ilusorio almuerzo a base de lasaña y café, sazonado con nicotina. El desbalance emocional resultante de la deformidad ósea ocasionada por un fallo “técnico” en la operación, poco o nada interesa al anónimo coro científico, concentrado en aspectos prácticos como enarbolar méritos científicos. El paciente es sólo un muñón readaptado, el resto de su persona es apéndice descartable.

Aquí se desliza entre líneas el tema de la diferencia, no precisamente de un ente respecto a la sociedad, sino del ser apegado a la convención (cuya cosmovisión está irremediablemente regida por los cánones de ésta) respecto a su nuevo e intolerable status. Cuando alguien lucha contra un factor externo, aún se tiene a sí mismo, pero cuando su mente sobreviene principal liza entre dos Yo antagónicos, el caos asoma, la crisis obnubila el raciocinio, y todo puede terminar en autoagresión subjetiva u objetiva, como sucede en el paroxismo final de Tres cigarrillos…, cuando el protagonista se automutila, despojando su cuerpo de algo que nunca le perteneció, como reza el parlamento final, quizás vendiendo un tanto la tesis ya evidenciada en actos y palabras anteriores.

El autor

Redacción Digital

Editor web de las Redacción Digital del Canal de televisión Perlavisión, de la ciudad cubana de Cienfuegos.

Notas relacionadas

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *