Una historia de calabazas y precios topados

Una historia de calabazas y precios topados

Voy a obviar detalles como fotos y nombres de los implicados, porque creo que entre menos lo particularice, mas identificado estará lo que voy a contarle con experiencias similares. La única referencia que haré es que me sucedió el sábado pasado, en la feria agropecuaria de las calles Castillo y Medio, en la ciudad de Cienfuegos, al tratar de ejercer mis derechos como consumidor, respaldado por el listado de precios topados elaborado por el Consejo de la Administración Provincial.

A partir de esa vivencia personal, se me ocurre sugerir algunas recomendaciones que ojalá puedan serle útiles, aunque lo ideal sería que no tuviera que aplicarlas.

1.- No admita que le den un precio sin que le pesen lo que vaya a comprar, cuando el producto se vende no por unidad, sino por libras. Y asegúrese de cuánto debe pagar por ese concepto. Intenté aplicar este precepto a una calabaza cuando el vendedor me la propuso a $10.00. Ante mi insistencia en que me la pesara, me advirtió —casi me amenazó— diciéndome que si lo hacia me iba a salir más cara que si la compraba al precio que me estaba proponiendo.

2.- Insista en que le pesen el producto…, hasta agotar todas las posibilidades. Fue lo que intenté hacer cuando persistí en mi solicitud, hasta que el vendedor me desarmó con un argumento inobjetable: el que pesaba no era él. Quien lo hacía había ido a merendar.

‒ ¿Ah, sí? —le dije— pues dame la calabaza, que la voy a pesar en la tarima de al lado.

Pero…

3.- No siempre confíe en el apoyo de otro vendedor ante una verificación del peso de lo que compró a otro que está al lado. Suelen estar complotados. Al menos fue lo que deduje cuando traté de que otro me pesara —ya ni siquiera de que me verificara— la dichosa calabaza. Tuvo al menos el gesto de ponerla sobre el plato, pero solo para manipular el gancho y decirme que la pesa… ¡solo hacía lecturas en kilogramos y que él no sabía interpretarlas! porque… (y póngale más asombro a su reacción) quien podía hacerlo… ¡Tampoco estaba en ese momento!

4.- Trate de buscar un inspector…, si lo encuentra. Como los inspectores no tienen una identificación visible —aunque los timadores los conocen bien— y no me pareció apropiado clamar a toda voz por la presencia de alguno de ellos, me iba sin la calabaza, humillado, impotente. Mi único desahogo fue comentarle mi frustración a un amigo, ya fuera del área de ventas. Y entonces… ¡Suerte la mía! Un inspector que oyó la conversación se identificó como tal y nos fuimos juntos a la tarima de los abusadores.

5.- Manténgase alerta, porque los estafadores no se dan por vencido fácilmente, ni ante la presencia de las autoridades. Cuando pregunté por la calabaza de la discordia —no habían pasado ni diez minutos desde que la solicitara por primera vez— me dijo el vendedor que ya no tenía ninguna.

Fue ese el punto de inflexión de esta historia: el inspector se identificó, le conminó a que destapara unos sacos que estaban cubiertos y adivine qué: ¡Estaban llenos de calabazas!

6.- No espere que siempre lo apoyen en sus demandas otros ciudadanos. Y esto es lo más lamentable. Ante la momentánea interrupción de la venta por el actuar de los inspectores, hubo algunas personas más interesadas en comprar, que en aclarar una situación que de hecho los convertiría a ellos también en potenciales víctimas de una estafa.

7.- Vaya a comprar con pleno conocimiento del primer derecho de un consumidor: cuánto debe pagar a donde acuda a hacerlo. Sorprendido “in fragantti”, al vendedor-estafador no le quedó más remedio que vender las calabazas que ocultaba. Yo seleccioné una como la que había pedido antes, dispuesto a pagar $1.20 la libra. Pensaba que ese era el precio topado, porque asociaba la tarima al mercado de oferta y demanda, aunque el listado de precios tampoco estaba visible. Pero, para mi sorpresa, no era esa su filiación —me aclaró el inspector— y la calabaza se tarifaba a $0.70 la libra. Una calabaza que me hubiera costado $10.00, me salió al final…¡en $1.40!

Hasta aquí mis recomendaciones. Pero hay otras como saldo de esta historia que no son para mis conciudadanos, sino para las autoridades. Ya que una situación como la narrada tiene que dilucidarse al momento para evitar que quede impune, y como todo el mundo no tiene un teléfono a mano para denunciarla, ni el tiempo para hacerlo de manera que los inspectores reaccionen y se pueda sorprender al tramposo “con las manos en la masa”, debería pensarse en que los fiscalizadores estuvieran debidamente identificados, sino en el área de ventas, lo más cerca posible de ellas. Al menos así, los consumidores podríamos sentirnos un poco más seguros y los estafadores, menos impunes.

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El autor

Omar George Carpi

Licenciado en Filología. Especialista en Dirección de Programas Informativos de la Televisión.

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