COVID-19: Para que no nos vuelva a pasar

COVID-19: Para que no nos vuelva a pasar

En los protocolos de enfrentamiento a la COVID-19, cada fase decretada se corresponde con el grado de severidad con el que transita la pandemia en un lugar determinado, sea este un barrio, un consejo popular, un municipio, una provincia o el mismo país.

De esta manera, en diferentes territorios de Cuba se ha pasado de la fase de trasmisión autóctona a la nueva normalidad, o de regreso, de la nueva normalidad a la fase de trasmisión autóctona.

Las causas de estos avances y retrocesos son harto conocidas y debatidas, pero en ese reflujo hay algunos elementos que no deberíamos pasar por alto, porque nos han hecho tropezar dos veces con la misma piedra.

No voy a referirme aquí a regulaciones de sanidad en servicios que son vitales para la población, como el transporte, por ejemplo, donde aún en la fase más distendida de enfrentamiento a la COVID-19 se limita el número de pasajeros por ómnibus, lo que a menudo se viola.

Más bien quiero invitarlo a reflexionar sobre la pertinencia de algunas propuestas que, como ciertas ofertas recreativas, no son imprescindibles, aunque tampoco discuto que no sean necesarias para descargar tensiones acumuladas, más ahora, cuando al estrés ya se le reconoce como una condición asociada al necesario confinamiento que nos ha tocado asumir en tiempos de pandemia.

Pero una cosa es la recreación y otra la falta de condiciones para que esta transcurra sin riesgos. Más reprobable aún si determinadas situaciones acaecidas en entornos recreativos no han sido lo suficientemente asimiladas como para evitar que se repitan.

No es lo mismo una discoteca al aire libre que en un espacio cerrado, por mucho rigor con que se apliquen las medidas profilácticas para controlar el acceso a un local  climatizado, sin ninguna o escasa ventilación.

En un escenario ideal puede haber un portero que le exija entrar con la mascarilla bien puesta y le eche un líquido desinfectante en las manos, además de obligarlo a pisar el paso podálico. Pero después, adentro, en un ambiente que invita a la intimidad, no hay control posible: la gente se aglomera para bailar, o para conversar. Y a menos que se le haya encontrado ya una solución, nadie bebe – ¡ni hasta fuma! – con el nasobuco puesto.

Lugares como estos, son una bomba pandémica de tiempo.

Y no es nada hipotética esa referencia: sucedió aquí, en Cienfuegos, en la discoteca Benny Moré, la más popular de la ciudad. Y ocurrió dos veces, al diagnosticarse un caso positivo en sendas jornadas en ese lugar.

Pasó la primera vez y cerró. Y así se mantuvo mientras las fases se iban tensando en su severidad. Luego, con la vuelta a “la nueva normalidad” volvió a abrir. Y volvió a pasar.

Doy un voto de confianza a la Sucursal cienfueguera de Palmares, que administra ese centro recreativo, para considerar que solo el afán de proporcionar un servicio y no el de incrementar sus ingresos, determinó aquella reapertura de “la Benny”, máxime cuando esta red Extrahotelera dispone en la ciudad de otros centros en espacios abiertos, con propuestas similares y muy acogedores, por cierto.

Como quiera que sea, sirva la historia – no necesariamente aleccionadora solo para Cienfuegos – para recordar y alertar que en tiempos de pandemia hay muchas cosas que nos pasan, pero hay otras que no tienen por qué volvernos a pasar.

Por: Omar George Carpi / Periodista y Director de Programas

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