¿Una nueva manera de hacer política en Cuba?

¿Una nueva manera de hacer política en Cuba?

He participado, como delegado, en varios plenos y congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la Unión de Periodistas de Cuba, organizaciones a las que desde hace años pertenezco y en las cuales me siento representado.

En esas sesiones he sido testigo – y en ocasiones también protagonista – de planteamientos firmes, cuestionadores, propositivos ante la dirección del país, o ante funcionarios que deciden estrategias y proyecciones en las instancias políticas y gubernamentales de Cuba.

Y puedo decir que siempre he sido escuchado con respeto, porque también lo expuesto, por duro que haya sido, se ha planteado con respeto, con honestidad, con la intención de mejorar lo ya construido, siempre perfectible.

Puedo incluso pensar que no pocas de la propuestas o rectificaciones exteriorizadas por periodistas, escritores, artistas e intelectuales en esos espacios de intercambio, se han tenido en cuenta y han contribuido a revitalizar las dinámicas de trabajo y funcionamiento de ambas organizaciones y su influencia en los derroteros del país, en décadas tan azarosas como las que nos ha tocado vivir.

Pero tampoco sería justo idealizar esas oportunidades. Mucho menos generalizarlas.

[Tweet “¿Y quienes no están afiliados a la UNEAC o a la UPEC, pero sienten que desde el arte, la comunicación, la cultura en fin, tienen criterios que exponer para hacer del nuestro un país mejor o del ideal socialista que este enarbola un proyecto más sustentable?”]

¿Y aquellos que no hacen membresía en asociaciones que agrupan a economistas, juristas, pedagogos… pero que de buena fe tienen criterios sobre cómo se maneja la economía, el ejercicio de los derechos y la educación en Cuba? ¿Tienen, más allá de los plebiscitos, espacios y oportunidades para ser sistemáticamente escuchados y correspondidos en sus expectativas?

Podría argumentarse que sí. Que para eso están las estructuras que desde las bases buscan garantizar una participación más plena de la ciudadanía en los destinos del país: las reuniones de vecinos en las circunscripciones del Poder Popular, los encuentros que a diferentes instancias promueven organizaciones de la sociedad civil a las que, como los Comité de Defensa de la Revolución o la Federación de Mujeres Cubanas, pertenecemos la mayoría de los cubanos.

Pero, ¿cuántas veces esos intercambios, si es que se promueven, no trascienden la mera formalidad? ¿O las preocupaciones quedan – no digamos que sin una solución porque no siempre la hay – sin una explicación que convenza, sin un diálogo que conduzca a un verdadero consenso? ¿Cuántas veces quienes desde una presidencia representan a una instancia política o gubernamental como interlocutores, no se atrincheran en “su verdad” como si fuera la única?

[Tweet “Cuba no es hoy la de hace 60 años, ni tampoco la de un lustro atrás. Me atrevería incluso a decir que ni la de hace un año.”]

El mosaico social, económico y cultural que la conforma, se ha complejizado con posicionamientos, puntos de vista y perspectivas no necesariamente comprometidos con la agenda que los enemigos de la Revolución buscan imponerle, pero sí conscientes de que sus aportes pueden también alimentar consensos y contribuir a un proyecto de país más inclusivo.

Se trata de un escenario para nada inédito, si de su tratamiento político ideológico se trata. A cómo hacerlo se ha convocado desde hace años y se ha reiterado en el último congreso del Partido, en cuyo Informe Central se llama a promover “…en general en nuestra sociedad, la más amplia democracia y un permanente intercambio sincero y profundo de opiniones, no siempre coincidentes, estrechar el vínculo con la masa trabajadora y la población y asegurar la participación creciente de los ciudadanos en las decisiones fundamentales,”

Entonces, si el socialismo, tal como queda refrendado en los documentos rectores de los destinos del país, busca sumar y dar vías de expresión a lo diverso, como condición incluso de su propia renovación, ¿qué impide tener en cuenta a esos ciudadanos que, sin subordinarse a directrices foráneas, exigen con vehemencia su derecho a participar en la construcción colectiva de la nación?

Si estamos de acuerdo en que el diálogo es la mejor manera de validar ese derecho, debemos plantearnos entonces qué espacios y mecanismos instituir para que fluya, cuando todavía persisten dogmas, liturgias, intolerancias, burocratismo y atrincheramientos sectoriales y hasta personales, en instancias que deberían facilitarlo, no entorpecerlo.

Superar esos obstáculos implica una manera, más que renovada, diferente de hacer política en Cuba, desafiando anquilosadas interpretaciones de un socialismo que se atrinchera en dogmas, más nefastos en tanto los detenten aquellos con autoridad y poder, porque una estructura burocratizada, ineficiente, conformista y acostumbrada al monólogo, donde quiera que se exprese, no puede promover ni liderar las transformaciones que está pidiendo la hora actual de Cuba.

Debemos prevenirnos de quienes quieren confundirnos y llevar al país al caos, al tiempo que recuperamos esos espacios de intercambio y consenso entre iguales, legitimados por el simple hecho de que todos somos cubanos; cambiar lo que una economía asediada nos permita cambiar; no cejar en la eliminación de desigualdades que aún laceran; dialogar con el que piense diferente y sumar a los jóvenes a un proyecto social con suficientes virtudes como para que les sea atractivo y defendible, pero no mediante la imposición de un discurso gastado y repetitivo, del que nuestra prensa tiene que prevenirse si es que quiere acompañar de la manera más efectiva un proceso de necesarias transformaciones.

Se impone enfrentar con honestidad y valentía esta coyuntura en un momento crucial de la historia de Cuba. Asumir el ejercicio de la política de una manera más diáfana, más inclusiva, más transversalizada a todos los sectores que, sin concesiones que puedan mellar la soberanía de la Patria, desean seguir apostando por un proyecto de nación de la que se sienten deudores, pero también actores de cambios que lo renueven y enriquezcan.

Por: Omar George Carpi / Periodista y Director de Programas de TV. Premio Nacional de Periodismo José Martí

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