Más de 100,000 personas murieron en una sola noche hace exactamente 80 años, durante el bombardeo incendiario de Tokio. El ataque, realizado con bombas convencionales, destruyó el centro de la capital japonesa y dejó las calles repletas con cuerpos carbonizados.
El daño fue comparable al de los bombardeos atómicos de unos meses después, en agosto de 1945, pero a diferencia de esos ataques, el gobierno japonés no ha proporcionado ayuda a las víctimas y lo sucedido ese día ha sido ignorado u olvidado en gran medida.
Los sobrevivientes, ahora ancianos, realizan un último esfuerzo por contar sus historias y presionar al gobierno para recibir reconocimiento y ayuda financiera. Algunos han levantado la voz por primera vez en un intento por transmitir sus lecciones a una generación más joven.
Shizuyo Takeuchi, de 94 años, asegura que su misión es seguir contando la historia que presenció cuando tenía 14 años, hablando a nombre de aquellos que murieron.
La noche del 10 de marzo de 1945, cientos de aviones B-29 atacaron Tokio, arrojando bombas de racimo con napalm diseñadas especialmente para destruir las tradicionales casas de madera y papel de estilo japonés en los abarrotados vecindarios del “shitamachi”.
Takeuchi y sus padres habían perdido su hogar unas semanas antes en un bombardeo anterior y se resguardaban en casa de un familiar. Su padre insistió en cruzar el río en dirección opuesta a donde se dirigían las multitudes, una decisión que salvó a su familia. Takeuchi recuerda que caminó durante toda la noche bajo un cielo de color rojo. Los atardeceres naranjas y el sonido de las sirenas aún la incomodan.
Para la mañana siguiente, todo había ardido. Dos figuras ennegrecidas captaron su atención. Al mirar más de cerca, se dio cuenta de que se trataba de una mujer y que lo que parecía un pedazo de carbón a su lado era su bebé. “Estaba terriblemente impactada. … Sentí pena por ellos”, dijo. “Pero después de ver a tantos otros, al final me quedé sin emociones”.
Muchos de aquellos que no murieron quemados se arrojaron al río Sumida y fallecieron aplastados o ahogados.
Más de 105.000 personas murieron esa noche, según estimaciones. Un millón de personas más quedaron sin hogar. El saldo supera al número de fallecidos en el bombardeo atómico de Nagasaki del 9 de agosto de 1945.
Pero el bombardeo incendiario de Tokio ha sido en gran medida eclipsado por los dos bombardeos atómicos. Y los bombardeos incendiarios en docenas de otras ciudades japonesas han recibido aún menos atención.
El bombardeo se produjo tras el colapso de las defensas aéreas y navales japonesas después de que Estados Unidos capturó una serie de bastiones japoneses en el Pacífico que permitieron a los bombarderos B-29 Superfortress atacar fácilmente las principales islas de Japón. Washington estaba cada vez más frustrado por la duración de la guerra y las atrocidades militares japonesas pasadas, como la Marcha de la Muerte de Bataan.
Ai Saotome tiene una casa llena de notas y fotografías que su padre le dejó cuando murió en 2022 a los 90 años de edad. Katsumoto Saotome, fue un galardonado escritor y sobreviviente del bombardeo incendiario de Tokio. Reunió relatos de sus compañeros para crear conciencia sobre las muertes civiles y la importancia de la paz.
Saotome dice que las generaciones más jóvenes no comparten el mismo sentido de urgencia que sintieron su padre y otros sobrevivientes.
Aunque su padre publicó libros sobre el bombardeo incendiario de Tokio y sus víctimas, revisar su material en bruto le dio nuevas perspectivas y una conciencia sobre la agresión de Japón durante la guerra.
Está digitalizando el material en el Centro de Bombardeos y Daños de Guerra de Tokio, un museo que abrió su padre en 2002 después de recopilar registros y artefactos sobre el ataque.
“Nuestra generación no sabe mucho sobre la experiencia de los sobrevivientes, pero al menos podemos escuchar sus historias y grabar sus voces”, dijo. “Esa es la responsabilidad de nuestra generación”.
“En unos 10 años, cuando tengamos un mundo donde nadie recuerde nada (sobre esto), espero que estos documentos y registros puedan ayudar”, dice Saotome.

