(Tomado de Portal de la TV Cubana)
Como las telenovelas son un producto de amplio consumo popular, ha sido beneficioso que incluyan el tema de toda la sexualidad en su diversidad como manera de visualizarlo, de hacer constar el amplio panorama que existe…
A pesar de las limitaciones crecientes de la energía eléctrica, las polémicas sobre la telenovela de turno denotan el interés mantenido en ese tipo de producto audiovisual y, de hecho, son una especie de muestra sociológica de por dónde andan las ideas, gustos y prejuicios.
Entre los temas que se han ido incluyendo en las telenovelas a escala mundial está el de la sexualidad, que es un asunto condicionado, como casi todo en la existencia, por las creencias religiosas, la educación, la ideología y la filosofía imperantes en cada época.
Desde la famosa manzana de Eva, que según la Biblia nos condenó a ganar el pan con el sudor de la frente, se creó el mito del pecado original y, por cierto, esa fruta era la del árbol del conocimiento, y el castigo, la expulsión del paraíso, fue en realidad porque Eva se atrevió a conocer lo que era solo privilegio de Dios.
Pero, como parte de las numerosas distorsiones de la historia de la humanidad, el sexo para las fundamentales religiones nacidas del judaísmo, que no es lo mismo que sionismo, se convirtió en una especie de pecado, sobre todo para las mujeres, que debían asumirlo como capacidad reproductiva, mientras los hombres lo gozaban como placer.
Las primeras radionovelas, de donde surgen las telenovelas, y estas, por supuesto, trataban de amor, de pasiones, de dramas y tragedias, y hasta de diferencias sociales, sin referencia a la sexualidad.
En la medida en que se ampliaron las rebeldías sobre los modos restringidos de asumir la sexualidad, los tabúes sobre ella, en lo cual los hippies fueron emisarios, aparecieron tímidas referencias en las telenovelas, que son un producto que quiere conquistar públicos mayoritarios, sin profundizar en conflictos posibles por los públicos, sin atentar contra la religiosidad, que sigue prevaleciendo y, en muchos casos, usándose con las peores intenciones de dominio, con excepciones, como el papa Francisco y el actual papa, que tratan de inclinar la fe hacia la justicia.
Temas como las insatisfacciones sexuales, las enfermedades transmitidas sexualmente, la violencia del machismo en el plano de la sexualidad fueron apareciendo, siempre cuestionados como correspondientes a la privacidad o por resultar de mal gusto en un producto hecho para entretener de la forma “más bonita posible”. Pero la llamada revolución sexual, que reclamó los derechos a la diversidad, llegó a las telenovelas creadas por las fundamentales casas productoras de Latinoamérica antes que las producidas en Cuba la asumieran.
Por supuesto, mucho antes, a nivel mundial, la literatura, el cine y el teatro hicieron visible el hecho cierto de que existen diversas formas de sexualidad no suscritas a la tradición en ese plano, y Cuba las legitimó en un Código de las Familias, aprobado mayoritariamente por su ciudadanía.
Todo lo relativo a la sexualidad, desde la educación sexual en las escuelas hasta la labor del Cenesex, fue tema de debate en la sociedad cubana, como en otras, y cuando se exhibió La cara oculta de la luna, fue una sorpresa escandalosa para muchos que incluso admitían “tolerancia” con el asunto, pero cuestionaban la presencia del tema en la telenovela.
Como las telenovelas son un producto de amplio consumo popular, ha sido beneficioso que incluyan el tema de toda la sexualidad en su diversidad como manera de visualizarlo, de hacer constar el amplio panorama en ese campo que existe desde tiempos inmemoriales y fue silenciado en una parte bajo presión de presuntos principios religiosos, que, sin embargo, no han presionado con igual fuerza contra verdaderos males sociales que hasta el día de hoy se sufren.
A pesar de mis reparos con el género, sobre todo por el facilismo de los guionistas al usar sus códigos, que las telenovelas cubanas hayan asumido el tema en las diversas variantes sexuales al uso ha permitido una polémica enriquecedora, sobre todo porque muestra diferentes puntos de vista que van estableciendo un termómetro sobre la asunción o el rechazo y los argumentos que se esgrimen para cada uno.
Las parejas abiertas, el sexo grupal, la vuelta a ciertas formas conscientes de poligamia o poliandria, de alguna manera han tenido atisbos y muestras relativas a la heterosexualidad y, cada vez de manera más notable, las expresiones de homosexualidad, casi siempre de orden masculino, mucho menos presentes en el plano femenino.
En cada caso, cualquier forma de sexualidad no circunscrita a la relación hombre-mujer provoca airadas críticas que demuestran lo difícil de cambiar la mentalidad, lo arraigado de los esquemas establecidos por las exigencias de los credos religiosos, que niegan el principio de que ante Dios todos somos iguales y nos ama a todos por igual.
No pocos alegan que la diversidad sexual se ha convertido en una especie de escena obligatoria con el propósito de obligar a los televidentes a aceptarla, mientras otros temas candentes de la sociedad no se abordan en las telenovelas producidas nacionalmente. Pero, en realidad, si bien tienen razón en lo de otros temas candentes, justo el exponer las diversas formas de sexualidad es un modo de propiciar un acercamiento, siempre y cuando se haga de manera coherente con los procedimientos dramatúrgicos, mediante personajes bien diseñados, lejos de los estereotipos, con el tono adecuado, sin ánimo de escandalizar a costa del morbo, en busca de una comunicación limpia para mejor entendimiento de un asunto donde los prejuicios, la discriminación y la incomprensión tienen un peso significativo.
Entre las telenovelas más recientes, Sábados de gloria supo mostrar con elegancia visual y una subtrama de buena estructura la preferencia por una relación de sexo grupal, en la cual se involucraban tres personajes con una trayectoria consecuente en sus vidas cotidianas y características que evidenciaban el desenlace en la intimidad. Por supuesto que no era imprescindible esa subtrama, pero tampoco desentonaba con el espíritu y tono de toda la obra.
En Regreso al corazón, un producto con el que tuve muchos reparos, la subtrama del homosexual que defiende su paternidad me resultó de las mejores conseguidas, por la humanidad integral del personaje, que encuentra una solución viable para su paternidad conseguida mediante la colaboración de una madre voluntaria; no un vientre alquilado, sino un par de padres que garantizan el amor al hijo que esperan.
Ojo de Agua, la telenovela que se transmite, pretendió llegar más lejos con una historia lésbica muy particular, entre una señora de muchos años de matrimonio heterosexual que, repentinamente, sin que haya referentes de su verdadera preferencia sexual, establece relaciones con otra —personaje que tiende a ser controladora y de poca empatía— sin que la estructura dramática lo justifique desde el punto de vista dramatúrgico, lo cual no solo ha puesto de manifiesto los prejuicios sobre la sexualidad, sino sobre el derecho a disfrutar de ella como una posibilidad a lo largo de la vida.
Pero la reacción está también sustentada en la falta de efectividad de los recursos de una representación escénica que no resulta convincente.
Intento hacer evidente que enfrentarse a cualquier prejuicio en productos como las telenovelas, contribuir a desenredarlos, hacer entender el daño que hacen a quienes los tienen y juzgan a otros por ellos, obliga a un trabajo cuidadoso para que las buenas y legítimas intenciones cumplan su cometido de que las preferencias sexuales no lastren, no impidan ver otros valores en las personas, independientemente de ellas.
Otras cosas son las perversiones de la sexualidad. Pero ese es otro tema, del cual es muestra reciente Epstein y sus amigos.
