(Escrito por: Félix A. Correa Álvarez)
La reciente entrega del Premio Nacional de Televisión 2026 reconoce mucho más que una trayectoria excepcional: celebra a una actriz que, durante más de seis décadas, ha dejado una huella imborrable en la pantalla cubana y en la memoria de generaciones de televidentes.

Hay actrices que interpretan personajes memorables. Y hay otras que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose ellas mismas en parte de la memoria sentimental de un país. Paula Alí pertenece a esa segunda estirpe. Basta pronunciar su nombre para que la televisión cubana convoque décadas enteras de historias, rostros, emociones y noches frente a la pantalla. Su carrera no puede medirse únicamente por la cantidad de obras que ha interpretado, sino por esa rara capacidad de hacer que cada personaje parezca alguien que siempre estuvo entre nosotros.
A sus noventa años, el Premio Nacional de Televisión 2026 llega como el reconocimiento natural a una vida entregada a un medio que ayudó a construir desde sus cimientos. No se trata de premiar una trayectoria extensa —que ciertamente lo es—, sino una manera de entender la actuación y, sobre todo, una ética del oficio que ha permanecido inalterable durante más de seis décadas.
Paradójicamente, Paula nunca imaginó que aquel camino comenzaría lejos de los estudios de televisión. Nació en Candelaria, entonces perteneciente a Pinar del Río, cuando el sueño de convertirse en artista parecía demasiado grande para una muchacha de un pueblo campesino.
“Yo nací en Candelaria, y allí vivía, siempre tuve inclinación por el arte, pero era difícil llegar desde un pueblo de campo, sin referencia de nada, todo era hipotético; en fin, no veía posibilidad alguna”, recordaría años después en una entrevista concedida a Cubadebate.

La casualidad —o ese misterioso mecanismo que tantas veces guía los destinos— apareció en Soroa. Allí conoció a la modelo Nidia Ríos, quien no solo escuchó el entusiasmo de aquella joven desconocida, sino que le abrió una puerta hacia La Habana. Lo demás fue una mezcla de perseverancia, viajes interminables entre la capital y Candelaria y una voluntad capaz de convertir las incertidumbres en oportunidades.
“Mi vida se convirtió en un ir y venir entre Candelaria y La Habana… En 1959 comencé haciendo extras y comerciales.”
Aquella muchacha que llegó como modelo descubriría muy pronto que su verdadero territorio era la actuación. En 1965 ingresó al Teatro Martí, una auténtica escuela de teatro vernáculo donde compartió escenario con figuras legendarias como Candita Quintana, Alicia Rico y Cuca Tellechea.
“Empecé en papeles muy pequeñitos, pero eso me garantizaba un buen salario fijo que me permitía vivir holgadamente y fue entonces que pude cambiar mi residencia para La Habana.”
Nadie sospechaba entonces que aquellos personajes mínimos serían apenas el prólogo de una carrera monumental.
Después llegaron Teatro Estudio, Bertha Martínez, Héctor Quintero, Vicente Revuelta, Abelardo Estorino, Carlos Díaz… nombres imprescindibles del teatro cubano que fueron moldeando una actriz sin formación académica, pero con un talento que encontraba en cada ensayo una nueva escuela.
